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POR NUESTROS COMPAÑEROS MUERTOS EN ENFRENTAMIENTOS, POR LOS SECUESTRADOS Y DESAPARECIDOS, MIENTRAS REALIZABAN EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO, POR LOS VETERANOS NO RECONOCIDOS, POR UN RECONOCIMIENTO
HISTÓRICO A LOS COMPAÑEROS DE MALVINAS, POR QUIENES SOBREVIVIMOS.


JUEVES 17:00 a 19:00 HORAS-AM 740 RADIO REBELDE


Realizan La Voz de los Colimbas...


Gustavo Capra y Ricardo Righi.




Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...

Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...


Si cuando hiciste la colimba,
pasaste por situaciones extremas, hacia tu persona o viste gente secuestrada o algún compañero fue secuestrado o asesinado, no sigas sufriendo tu silencio...
"La Voz de los Colimbas" te escucha ponete en contacto y descarga esa mochila, los colimbas también fuimos victimas, nadie te va a entender mejor que otro colimba.
Si no deseas dar tus datos, te comunicas en forma anónima, no hay problemas...
Tu testimonio es confidencial y puede ayudar mucho.

Por correo a: lavozdeloscolimbas@yahoo.com.ar

Por teléfono: 154-091-1192

Ricardo Righi


viernes, 3 de diciembre de 2010

Soldados Muertos en Santa Fe

El Tte.Cnel. Domingo Morales está acusado en una causa en la que se investigan más de cincuenta asesinatos y desapariciones.
Entre otras las de los
colimbas Edgardo Ferreyra y Daniel Roberto Suárez.
Morales, no es el único, también esta el General Carlos Alberto Settel, el Suboficial Mario Carmelo Ferger, el Teniente Coronel Carlos Enrique Pavón, el ex Juez de Menores de Santa Fe, Luis María Vera Candioti, el Coronel José María González, el Teniente Coronel Diab, los ex Comisarios Juan Calixto Perizzotti y Héctor Romero Colombini, claro esta que estos sujetos solo son la punta del iceberg, cuanto deberemos esperar para que todos ellos vayan a juicio...??


Roberto Daniel Suárez.



Colimba muerto el 1 de agosto del 1977. Cumplía el Servicio Militar Obligatorio en el Batallón de Anfibios de Santo Tomé y fue enviado por personal de esa guarnición con un sobre cerrado, "para a un teniente en la costanera de Santa Fe".
Su hermano dijo ante la Conadep que fue muerto de un tiro en la cabeza y que sus restos fueron trasladados en una barcaza del Ejército, envueltos en una lona verde para ser enterrado en la clandestinidad.
La esposa de Roberto, María Cecilia Mazzetti, dijo en un juicio, que a ella cuando la detuvieron y la mantuvieron en cautiverio la interrogó el capitán del Destacamento de Inteligencia 122, Domingo Morales, que le preguntaba por su pareja, es decir Roberto Daniel Suarez.




Edgardo Ferreyra.



Despareció el 3 de enero de 1977 cuando le dieron de baja del servicio militar. Por encargo del Mayor Carlos Alberto Settel confeccionó un plano en el Centro de Operaciones ubicado en calle Dorrego entre San Lorenzo y Santa Fe de la ciudad de Rosario. El conscripto no sabía nada más de esa tarea encargada. Al día siguiente viajó a Santa Fe para ver a la familia. Como militaba en el ERP fue seguido por personal encubierto y lo mataron en una irrupción armada en su casa familiar







Francisco Domingo Lera.

Oriundo de la Ciudad de Esperanza, Santa Fé Secuestrado/Desaparecido el 13 de Enero de 1977.

Leemos en "El Escuadrón Perdido", de José Luis D'Andrea Mohr.




Nació: 4 de marzo de 1952
Desapareció: 13 de enero de 1977
Unidad: Grupo de Artillería de Defensa Aérea 121
Jefe: Coronel Juan Orlando ROLON
Comandante de Zona: General Leopoldo Fortunato GALTIERI
Comandante de Subzona: General Andrés FERRERO
Jefe de Area: Coronel Juan Orlando ROLON
Jefe del Destacamento de Inteligencia 121: Teniente coronel Edgardo A. J. POZZI

Francisco Domingo LERA fue incorporado como soldado conscripto en el GADA 121, Guadalupe, Santa Fe, en abril de 1976. Todo hace pensar que sus comienzos fueron normales y hasta afortunados, ya que por orden de su jefe pintó un mural alegórico al descubrimiento de América, nombre de la batería de la que el joven formó parte.

Francisco Domingo obtuvo una licencia para pasar las fiestas de fin de año en su casa de Esperanza, Santa Fe, y después regresó al cuartel.

Según las autoridades militares, el 13 de enero de 1977 a las once de la mañana, el soldado fue enviado en comisión y no regresó; fue dado de baja por "primera deserción simple", pese a no haber sido buscado en su domicilio.

Cuando su padre se enteró de la ausencia del hijo por informe de uno de sus compañeros de batería, se presentó en el Grupo de Artillería de Defensa Aérea 121. Allí, un suboficial le sugirió que volviera a las dos semanas, que algo se iba a aclarar y que lo conveniente era "no hacer barullo". Tiempo después, durante la investigación judicial, el suboficial negó lo dicho y los padres del soldado se enteraron de que su hijo había estado varios días detenido en Rosario por "sospechoso ideológico".

Francisco Domingo LERA jamás apareció; su padre murió durante la búsqueda.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Ruben Horacio Gargaglione

Ruben Horacio Gargaglione, realizaba el Servicio Militar Obligatorio en el Grupo de Artilleria 9 de Sarmiento, Chubut. Fue secuestrado a fines de Noviembre de 1976, al día de hoy engrosa la lista de Colimbas Desaparecidos.




Habeas Corpus presentado por Juan Carlos Gargaglione, en favor de su hermano de Ruben Horacio.





Colmo de desfachatez y cinismo, las "autoridades militares" preguntan por Ruben Horacio.




La Carta, la ultima carta, enviada por Ruben Horacio Gargaglione a su familia, días después de esta carta, era secuestrado.




NdeR: A todos los compañeros que puedan aportar datos por el compañero Gargaglione, o de otros compañeros, por favor haganlo, las madres, los padres, los hermanos de nuestros compañeros desaparecidos, podrían ser nuestra familia. lavozdeloscolimbas@yahoo.com.ar

martes, 30 de noviembre de 2010

Por Nuestros Compañeros Muertos

Fuerza Aerea - Malvinas

Audio original grabado el 25-IV-1982, de la misión de una escuadrilla del Grupo 5 de Caza, de la Fuerza Aérea Argentina.

Iban tan bajo que no los vio el radar del Sea Dart, sino hasta los 19 kms. aprox. Pero además de eso tuvieron suerte u ocurrió un milagro, no se puede saber. Los ingleses habían dispuesto esas dos naves como una provocación, muy expuestas, se trataba de una trampa mortal.
El destructor HMS Coventry y la Fragata HMS Broadsword estaban equipados cada uno con misiles Sea Wolf y Sea Dart, Sea Cat, lo que elevaba las posibilidades de derribo casi al 90%.
Pero a veces las cosas fallan o no sé que pasa. Estos tipos siguieron a pesar de eso, para usar las palabras del propio Comodoro Carballo, "PARA ADELANTE Y CON FE." Y las más sofisticadas armas del mundo terminaron siendo fierros viejos.







Fuente: http://www.youtube.com/watch?v=mYOW1a8Dzkk

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Los Ultimos Ritos

Por Marta Dillon

Mi madre fue asesinada el 3 de febrero de 1977, a las 2.05 de la madrugada, en la esquina de Santamarina y Chubut, Ciudadela. Su partida de defunción dice: “Múltiples heridas de bala. NN femenino, delgada, 1,65, cabello rubio teñido”. Nada de sus ojos celestes. Tal vez haya apretado los párpados el instante antes de que la fusilaran. A lo mejor estaba oscuro en la morgue o se habían acumulado demasiados cuerpos o les pareció en vano anotar un dato tan estúpido cuando la poseedora de los ojos celestes estaba muerta y a esas pupilas de agua sobre las que caían sus pestañas como una marea sólo les esperaba la corrupción.

Mi madre es ahora, concretamente, un cráneo con pocos dientes, un maxilar asignado morfológicamente, tibias y fémures, radios y cúbitos, clavículas. Seguro me equivoco en la enumeración de los huesos, lo cierto es que su torso continúa desaparecido.

Ella, no.

Ahora puedo trazar un recorrido de sus años de silencio. Sus años bajo tierra. Su asfixia en el anonimato.

¿Dónde estaba yo la noche en que la mataron?, me preguntó una amiga. No puedo saberlo, tenía 10 años y la estaba esperando. Como he esperado hasta ahora aun a sabiendas de que no iba a volver.

Algo de ella ha retornado con los restos de su cuerpo, con los rastros de su último día.

Mi hermano preguntó si la habían fusilado de frente o de espaldas.

Hay cosas que nunca podremos saber.

Tiene un disparo en la pierna. Hasta el ’85 su cráneo estaba rosado. Había restos de carne, restos de aquello que yo había besado. Restos que volvieron a la tierra sin una caricia sin un consuelo para la larga muerte del anonimato. Fue exhumada, fotografiada, catalogada y vuelta a enterrar. Se terminó de descomponer en una bolsa, su cuerpo se entreveró con otros que también fueron acribillados la misma noche, que fueron recogidos de una esquina en Ciudadela después de que los represores terminaran su tarea y empezara la suya la burocracia del Estado. Por eso mi madre tiene su partida de defunción firmada y sellada mientras la esperábamos o esperábamos alguna noticia suya.

En esa época solía preguntarle a mi padre cuándo íbamos a poder verla. Me imaginaba que estaría presa, al fin y al cabo eran policías los que habían entrado y destrozado la casa en la que vivíamos ella, mis hermanos y yo; su amiga, Gladis Porcel, su novio, Juan Carlos Arroyo. Los tres desaparecidos que el Equipo Argentino de Antropología Forense nos devolvió, 34 años después, para que finalmente podamos despedirnos. Porque hasta ahora no terminábamos de hacerlo. Y ahora mismo, cuando sé que lo que queda de ella descansa en una caja junto a tantos esqueletos todavía sin nombre, a la espera de una inscripción oficial y de los ritos que inventemos para ella; ahora mismo no puedo terminar de despedirme. Aunque el tiempo se haya comprimido de golpe y yo me sienta igual que la niña de 10 años que escuchó su voz por última vez mientras un represor la interrogaba y hasta le prometiera “por mí te daría una rosa, pero vos no me estás ayudando”. Ella no estaba ayudando y eso me basta para saber de un gesto de dignidad que probablemente estrujaran hasta el hartazgo en una mesa de tortura. No quiero pensar de qué se trataba esa rosa pero nunca pude dejar de indagar sobre el ensañamiento de los represores contra las mujeres cautivas.

“Toda mi vida se me viene encima”, dijo su amiga Laly cuando supo de la identificación de los huesos de mi madre, en España, donde también estaba yo, aunque la suerte quiso que ese día no podamos abrazarnos. Mi vida también se me vino encima. Y esa última noche sobre la que algunas incógnitas empezaron a disiparse como niebla al mediodía se convierte en nuevas preguntas: ¿Quiénes escucharon los disparos? ¿Quién avisó para que retiraran los cadáveres? ¿Llevaba puesta una de las polleras que ella misma pintaba? ¿Alguien le dio la mano antes de que la ráfaga los desarticulara como a muñecos de estopa? ¿Quién vio sus ojos azules? ¿Quién supo que ya no habría caída de sus pestañas para conquistar en ese gesto todo lo que necesitaba? ¿Tenía los zapatos puestos? ¿Dónde quedaron las plataformas de las que nunca se bajaba?

Hay algo de lo real que empieza a tomar cuerpo. Mi madre fue asesinada en la madrugada del 3 de febrero de 1977. Yo tenía diez años. Mi hermano Juan apenas dos. Santiago, ocho. Andrés, cinco. Los cuatro te extrañamos, mamá, y hasta ahora hemos hecho lo que pudimos con tu ausencia y tu presencia intermitente.

Hay una página de un libro que ella me regaló poco antes del final, está escrita con su letra y dice: “Para Martita, mi compañera, que está aprendiendo a sentir como propias las alegrías y las luchas del pueblo latinoamericano”. Pomposa dedicatoria para una niña que con 44 quiere seguir siendo Martita y aprender eso en lo que estaba cuando vos estabas conmigo. Ahora acabo de casarme, por primera vez, enamorada y con una familia imposible pero bien constituida: mi amor, Albertina, mis dos hijos con veintiún años de distancia entre ellos, una nieta, tres perros, dos gatas, una cantidad de amigos y amigas sobre los que sé que puedo derrumbarme y levantarme con los ojos cerrados. A nadie le importan estos detalles, salvo a mí porque son la prueba de que he sobrevivido. Más que eso, he vivido todos estos años y buscándote es como fraguó mi familia. O buscando justicia para vos. O buscando un lenguaje en el que poder nombrarte.

Alguien me contó una vez que en el campo de concentración donde pasaste tres largos meses, las mujeres se cambiaban de ropa entre ellas para sentir que se vestían por la mañana. O por esa hora difusa que el encierro convertía en mañana. Esa anécdota te nombra, mamá.

Lloré como una nena sobre ningún hombro o sobre el de todos mientras los amigos del EAAF me relataban lo que sabían de vos. Amorosamente te rescataron de una fosa común en el cementerio de San Martín. Amorosamente me dijeron “hay un coxal que todavía podría ser de tu mami”, con el mismo amor con que mi amiga Raquel me dijo que quería ser mi velority planner. Un resto de humor negro para salvarnos a todos y a todas de este naufragio en tierra que significa haberte encontrado, mamá.

Más calma, Raquel me llamó más tarde para decirme, ella que había sido baleada en el pecho en un enfrentamiento entre policías y ladrones en el que nada tenía que ver, que las balas no duelen. La muerte propia, me imagino, no duele. Lo que duele es la vida que sigue como si nada, diez, veinte, treinta años. Y duele sobre todo porque también ha encontrado sus bálsamos.

Todas palabras desordenadas y debidas para el entierro que todavía no sucede, ahora que se cumplen 34 años de tu desaparición y apenas un mes desde que volviste de la asfixia bajo la tierra, del anonimato, del consuelo de un rito que arranque de una vez por todas a la niña que sigue aferrada a la ventana esperando que el toc toc de tus plataformas en la vereda te traiga de vuelta.

De todo esto y de todo lo que todavía no puedo nombrar se trata haberte encontrado. De un punto final para un texto que voy a seguir escribiendo, para un duelo del que tal vez empiece de una vez a desprenderme.

Fuente: Pagina 12