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POR NUESTROS COMPAÑEROS MUERTOS EN ENFRENTAMIENTOS, POR LOS SECUESTRADOS Y DESAPARECIDOS, MIENTRAS REALIZABAN EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO, POR LOS VETERANOS NO RECONOCIDOS, POR UN RECONOCIMIENTO
HISTÓRICO A LOS COMPAÑEROS DE MALVINAS, POR QUIENES SOBREVIVIMOS.


JUEVES 17:00 a 19:00 HORAS-AM 740 RADIO REBELDE


Realizan La Voz de los Colimbas...


Gustavo Capra y Ricardo Righi.




Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...

Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...


Si cuando hiciste la colimba,
pasaste por situaciones extremas, hacia tu persona o viste gente secuestrada o algún compañero fue secuestrado o asesinado, no sigas sufriendo tu silencio...
"La Voz de los Colimbas" te escucha ponete en contacto y descarga esa mochila, los colimbas también fuimos victimas, nadie te va a entender mejor que otro colimba.
Si no deseas dar tus datos, te comunicas en forma anónima, no hay problemas...
Tu testimonio es confidencial y puede ayudar mucho.

Por correo a: lavozdeloscolimbas@yahoo.com.ar

Por teléfono: 154-091-1192

Ricardo Righi


Mostrando las entradas con la etiqueta soldados. Mostrar todas las entradas
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domingo, 20 de julio de 2014

Desaparecidos del Regimiento 1 "Patricios"


....Tres Colimbas, llenos de vida, de sueños, de esperanza por un mundo mejor, un Ejercito genocida, tres familias desmembradas, destruidas...Hay algo que llama muchisimo la atención, estos tres muchachos son secuestrados y desaparecen el mismo año, el mismo mes..Coincidencia...?

Dario Oscar Bedne de 20 años...
Leemos de "El Escuadrón Perdido" el libro de Jose Luis D´Andrea Mohr...
"El 20 de julio de 1976, como todos los días, Dario salió de su casa para presentarse al Regimiento 1 de Infantería, donde cumplía el servicio militar.
A las diez y media de la mañana de ese día llamaron por teléfono del cuartel para saber por qué no se había presentado el soldado BEDNE. Esta llamada hizo que el padre concurriese rápidamente al Regimiento 1. En el puesto de guardia de la entrada se encontró con un soldado compañero del hijo, miembro, como él, de la Sociedad Hebraica Argentina, quien le dijo que había visto ingresar a Darío Oscar. El señor BEDNE continuó su camino hacia el interior de la unidad y, al cruzarse con un subteniente y preguntarle por su hijo, el oficial respondió que no estaba dentro del Regimiento. Igual respuesta recibió del capitán CONFORTI y de los tenientes FERRERO y DEL TORCHIO. Lo afirmado por los oficiales fue ratificado a su vez por el coronel Humberto LOBAIZA, Jefe del Regimiento 1. 
Darío Oscar BEDNE está desaparecido y sin duda fue secuestrado dentro de su propio Regimiento 1 de Infantería "Patricios".


Dario Oscar Bedne


Ruben Raul Maggio de 20 años...
Leemos de "El Escuadrón Perdido" el libro de Jose Luis D´Andrea Mohr...
"El 25 de julio de 1976 un soldado del Regimiento llegó al domicilio de la familia MAGGIO para preguntar por Rubén Raúl, ya que no se había presentado al final de su franco. Cabe aclarar que, si ese franco hubiera existido, Rubén Raúl lo habría pasado en su casa, y no fue así.
Los padres del conscripto se presentaron en el cuartel pero no obtuvieron otra respuesta que "falta sin causa". En la orden del día del 5 de julio de 1976 se lo dio de baja por "haber consumado primera deserción simple".
Tiempo después, unos soldados compañeros del "desertor" contaron a los padres que Rubén Raúl había sido castigado a último momento por un capitán, y que jamás salió franco. Continúa desaparecido"

Ruben Raul Maggio


Jorge Miguel Zupan Kopanyszyn, de 20 años...
El Sr. Zupan habría sido privado ilegalmente de su libertad en el mes de julio de 1976 en el Regimiento de Patricios de esta Capital Federal, tal como se extrae del Legajo de la Secretaría de Derechos Humanos N° 3.090.
En ese Legajo se cuenta con la denuncia de Osvaldo Enrique Zupan, hermano de Jorge Miguel, quien refirió que en el mes de julio de 1976, sin poder precisar el día exacto, fue despertado en su domicilio con golpes en las piernas por varias personas armadas, quienes le preguntaron por su hermano Jorge, respondiéndoles que se encontraba realizando el servicio militar en el Regimiento de Infantería 1 de Patricios.
No están acreditadas las circunstancias y lugar en que tuvo lugar el secuestro, lo que si es sabido que desde ese día no se tuvo mas noticias de el.

No se dispone de imágenes

miércoles, 6 de febrero de 2013

Historia de Colimbas...


Todo comenzó cuando el soldado conscripto Pedro Rodríguez decidió apartarse sin permiso de la fila del desayuno para enjuagar su jarro. Ese acto tan simple alcanzó para mortificar el espíritu reglamentarista del cabo José Gordillo, quién inmediatamente intentó restablecer el orden con insultos y empujones. Viéndose tan maltratado, el soldado dejó caer el jarro enlozado y con la mano ya libre le aplicó al cabo un cachetazo tan sonoro que terminó retumbando en todo el país.

El soldado Rodríguez quedó arrestado a disposición de la justicia militar. Cuatro meses después el Consejo Supremo de Guerra y Marina daba la sentencia definitiva: cadena perpetua en el presidio de Ushuaia. Por cruel que pueda parecernos ahora, ese castigo se ajustaba estrictamente a los reglamentos militares de la época. Y fue del propio Consejo Supremo, conmovido por la sentencia que acababa de infligir, de donde partió la primera insinuación sobre la conveniencia de que el presidente Roque Sáenz Peña atenuara la pena.

Por su parte la población, sensibilizada por los habituales maltratos a los soldados conscriptos, decidió no seguir aceptando pasivamente los excesos. Y a las protestas iniciadas en Córdoba, donde una comisión de damas aprovechó la visita de la Primera Dama para pedir su intervención, se sumaron quejas cada vez más ruidosas que rápidamente se extendieron a Rosario, Chivilcoy, Bahía Blanca y Buenos Aires.
En esta última ciudad, las cosas fueron iniciadas por un grupo de señoritas de la parroquia de San Nicolás, a las que prontamente siguieron los estudiantes de la Facultad de Derecho, quienes queriendo hacer las cosas a lo grande, planearon una multitudinaria marcha hacia la Plaza de Mayo.

Inmediatamente comenzaron a llover sobre el comité organizador adhesiones provenientes desde los más diverso ámbitos: asociaciones patrióticas, organizaciones estudiantiles, la Liga por los Derechos de la Mujer y el Niño encabezada por la doctora Julieta Lanteri, la Bolsa de Comercio, ex soldados conscriptos de la alta sociedad y hasta los trescientos empleados de la Aduana. Los chicos agrupados en el Club del Niño salieron a recorrer casa por casa pidiéndole su firma a cada pibe que encontraban y los diarios de todo el país publicaron duros editoriales contra la sentencia.

En medio de tanta efervescencia, el 8 de febrero de 1911, el condenado llegó a Buenos Aires desde donde debía ser embarcado rumbo a Tierra del Fuego. Vestido con uniforme de brin claro, y esposado a un soldado condenado a una pena menor, Rodríguez bajó del tren e inmediatamente fue rodeado por gente que deseaba saludarlo. Emocionado también por los gritos de aliento que desde otro tren le hacían marineros conscriptos recién dados de baja, el soldado –de aire campesino y rostro marcado por la viruela– alcanzó a decir al cronista de La Prensa: “Hacía tiempo que me hostilizaba y ese día perdí la cabeza. Ahora sólo me queda confiar en que el Presidente me ayude. Pero tengo esperanzas, pues él también es un soldado”.


Era verdad. El doctor Roque Sáenz Peña lucía el grado de General del Perú con el que fuera honrado por el gobierno de ese país en mérito a su heroica actuación en la defensa del Morro de Arica durante la Guerra del Pacífico. Cuando finalmente el Morro fue asaltado, el 7 de junio de 1880, Sáenz Peña, extenuado y herido, clavó su espada en la tierra esperando la misma muerte que los vencedores daban a los demás vencidos, incluido el general Bolognesi. Muerte que no lo alcanzó gracias a la hidalguía de un oficial chileno.

El arribo del soldado Rodríguez a Buenos Aires estimuló aún más la inquietud popular. Un editorial periodístico decía entre perentorio y amenazante: “No es posible suponer que la condena monstruosa se cumpla íntegramente ni que el soldado salga de nuestra ciudad para hundirse toda la vida en el presidio”.

Por fin la marcha quedó organizada. Partiría desde Plaza Congreso el domingo 12 de febrero a las 15 horas recorriendo luego toda la Avenida de Mayo hasta la Casa Rosada. Allí la columna pediría al Presidente que saliera al balcón para escuchar el pedido de clemencia que un orador le haría desde la Plaza. Posteriormente la marcha se encaminaría a lo largo de la calle Florida hasta desembocar en la Plaza San Martín donde varios oradores, entre ellos una joven de la Asociación de Señoritas, hablarían a la concurrencia.

Sólo faltaba un detalle: el permiso de la policía. Pero contra lo que un lector de estos días podría imaginar, su jefe, el general Dellepiane, no solamente autorizó la manifestación, sino que también ofreció la Banda Policial para que encabezara la marcha con tambores y trompetas.

Sin embargo, esta marcha nunca llegó a realizarse porque dos días antes el presidente Sáenz Peña conmutó la pena disminuyéndola a tres años de reclusión en Campo de Mayo. Se basó en la desproporción existente entre la falta y el castigo, y recomendó a las Fuerzas Armadas la reforma del anticuado y cruel Código Militar existente.
A partir de ahí se pierden los rastros del soldado Rodríguez, involuntario causante de una movilización popular que no llegó a transformarse en la primera marcha argentina por los derechos humanos, por muy poco.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Pagina de "La Hora de los Ex Conscriptos"

El mundo Web tiene una nueva pagina, hay millones en todo el mundo, que tiene de especial esta...? Que es de gente amiga...!!

La gente de Parana Entre Ríos, hace bastante que viene haciendo un programa radial los días Jueves de 17:00 a 18:30 horas, por la FM 91.3 San Agustín, llamado "La Hora de los Ex Conscriptos" con toda la actualidad en lo que tiene que ver con esta temática, con la conducción de Oscar Mendoza.

Han decidido crecer y es así que crearon una nueva pagina que lleva el mismo nombre del programa, es decir, La Hora de los Ex Conscriptos, este es el link para todos aquellos que deseen visitarla.... http://lahoradelosexconscriptos.blogspot.com.ar/

Desde "La Voz de los Colimbas" saludamos este nuevo emprendimiento y felicitamos a Oscar Mendoza; Sergio Caballero; Jesús Mendoza y Osvaldo Vasilchicoff, que llevan adelante este importante espacio.

domingo, 11 de marzo de 2012

Chorros, por Carlos Gardel.






También estuvo acompañada por Miguel Jaime, Coordinador General de la ONU y por Pedro Palacios, Jefe de Asesores.
Miguel Jaime expresó: “Me llamó mucho la atención la forma en que se maneja el Municipio y la forma en que está la ciudad, incluso la propaganda política con sus pancartas, sin paredes escritas ni afiches pegados, incluso cuando una línea es oficialista a la provincia y la otra a la nación”. 
Su recorrido continuó el domingo 17, con la coordinación del delegado zonal de la UNOJ (Unión Naciones Organizadas para la Juventud), y por expresa responsabilidad de AEXSOSAFE ” Asoc. Civil de Ex-Conscriptos Clases 53/59 de la Prov. de Santa Fe”, sumado a la colaboración de la Fundación Centro , en la capital santafesina.



sábado, 23 de julio de 2011

Crónicas de una Maestra Rural

Por Delia Boucau

Delia Boucau
Pampa del Malleo es como una palangana ubicada a 30 km de Junín de los Andes, y la escuela Mamá Margarita estaba situada al sur de ese valle árido. Había sido fundada por el Padre Oscar Barreto, misionero salesiano. Era un Hogar-escuela al que concurrían diariamente alumnos de ambos sexos, pero albergaba solamente a aquellas chicas que, por la distancia y falta de escuela en sus lugares de residencia, no tenían posibilidades de escolarización. La mayoría de los varones iban a la escuela en todos aquellos lugares donde hubiera, así tuvieran que andar leguas, pero las mujeres quedaban en casa.
Cuando llegué a Mamá Margarita, en 1966, el hogar contaba con treinta internas que pasaban allí todo el año escolar, desde el 1º de setiembre hasta el 25 de mayo; exceptuando las vacaciones de Navidad. En ese momento estaba en construcción lo que llamábamos la Escuela Nueva.
Había un baño, instalado con el mínimo de artefactos, pero no funcionaba por falta de agua corriente. ¿Para qué decir corriente? Digamos que casi no había agua. La poca que lográbamos extraer provenía de un ojo cercano, que se agotaba al cabo de unos pocos baldes. Una de las primeras cosas que aprendí fue a racionar los recursos. El agua del primer enjuague de la ropa servía para lavar pisos; el segundo y último, para vidrios o cualquier otra cosa que no requiriera una excesiva pulcritud. Ese baño se desempolvaba de vez en cuando para un uso específico y glorioso: una ducha. En la cocina, contigua al baño, había una bomba de reloj, esas que se bombean de costado y no de arriba para abajo; era la primera vez que veía una. Esto sucedía en setiembre o mayo, cuando había agua suficiente como para que la temperamental bomba cumpliera con su cometido.
La leña se racionaba también. La única forma de obtener abrigo era en el hogar del comedor y en la cocina. Recuerdo un otoño en que tuvimos que buscar raíces en el suelo helado una vez agotada la recolección de palitos y todo lo quemable en cientos de metros a la redonda. Llegamos incluso a quemar la madera de bancos escolares que estaban para reparar.

TRASLADO A ESCUELA NUEVA

La Escuela Nueva, tarea que el Padre Barreto emprendió para ampliar y mejorar las condiciones de vida, constaba de cuatro aulas, dirección, dormitorio, sanitarios, dormitorio para maestras con su respectivo baño con ¡bañadera!, comedor, despensa y cocina. Con forma de U, tenía alrededor de su parte interna una galería con ventanales que dejaban pasar mucha luz, pero también mucho frío. Era más fría que la escuela vieja porque era más grande, con cielorrasos altos, ambientes amplios en los que hacía falta mucha gente que despidiera calor para que fuera agradable. Me costó mucho mudarme, prefería la tapera de adobe y techo de cartón con su calidez rodeada por árboles, a la frialdad de un edificio más adecuado e higiénico plantado en un páramo de greda y piedra. Muchas cosas cambiaron, no sólo el edificio. La vida familiar de la escuela de adobe fue desapareciendo de a poco.
Todo estaba listo para la inauguración de la escuela, que se realizó el 5 de noviembre de 1967, con la asistencia del entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía y su señora, quienes fueron los padrinos. Fue un espléndido día de sol hasta que se levantó un viento de esos que solían soplar. Era tal la tierra que volaba que nuestras caras se habían convertido en máscaras.
Para cuando nos trasladamos, había cuarenta y cinco internas, además de los externos de ambos sexos que concurrían a clase. Se contaba con tres maestras de grado y con cuatro Hermanas de las Misiones Extranjeras que habían llegado al inicio de ese período escolar. Yo, como personal de servicio, me ocupaba del internado. Mi sueldo era una tercera parte de lo que cobraba en Buenos Aires como docente, pero me sentía feliz con lo que hacía.
Siempre dije que no era supersticiosa, pero en el verano de 1968 tuve una sensación extraña y desagradable que todavía hoy sigo recordando. Estaba sentada en el comedor, a la mesa de las maestras que daba a una ventana por la que se veía la casa de las Hermanas, cuando en un extremo de la cumbrera se posaron cuatro jotes. Uno comenzó a alejarse del resto a los saltitos hasta alcanzar el otro extremo de la cumbrera; luego de un rato, voló. Fue ahí cuando sentí como un golpe en el estómago y me recorrió un escalofrío. Una de las Hermanas era Léonie Duquet. Léonie estuvo sólo un año en Malleo y luego se volvió a Morón. Fue una de las dos monjas francesas secuestradas y desaparecidas en diciembre de 1977.
Había una proveeduría que el Padre Barreto había puesto en funcionamiento para que la gente pudiera comprar vicios, que era como llamaban a los artículos de primera necesidad como yerba, azúcar, sal, jabón, etc. De esta forma no debían hacer tanto camino hasta el boliche y la mercadería era más barata. Una forma también de desalentar a que fueran hasta allá y compraran bebida (1).
Mientras las internas estaban en clase, yo lo atendía. Poco a poco se fue ampliando la variedad de artículos y era un desfile interminable de gente que pasaba diariamente y a cualquier hora. Me encantaba atender, me divertía, conocía a la gente, me enteraba de sus problemas y dificultades. Algo que al principio me resultaba gracioso pero que con el tiempo llegó a sacarme de las casillas era la costumbre de pagar artículo por artículo.
No era cuestión de pedir 5 kilos de azúcar y pagar, sino que se meditaba concienzudamente sobre los que se iba a pedir, pasaban la bolsa, impecable casi siempre, para que la llenara. Ahí comenzaba la otra parte de la ceremonia: darse vuelta para sacar de entre las ropas un pañuelo anudado, girar nuevamente hacia el mostrador, desanudarlo, sacar algún billete mirándome para ver por mi reacción si era de la denominación adecuada, tomarlo, recibir el vuelto, guardarlo en el pañuelo, anudarlo, darse vuelta, esconderlo entre las ropas y girar nuevamente hacia el mostrador. Silencio. Miradas furtivas hacia los estantes. Pedían yerba, pasaban la bolsa y recomenzaba el proceso. Y así, hasta llenar dos grandes bolsas conteniendo bolsitas con azúcar, yerba, sal, fideos, polenta, levadura, fósforos, velas y jabón de ropa y de cara.
Años más tarde, siendo maestra de 6º y 7º grados, decidí enseñarles a hacer la compra con una lista y pagar todo junto. Después de explicaciones varias, trabajos prácticos, boliche instalado en el aula, llegó el gran día y, lista en mano, fuimos hasta el boliche que estaba en el río. De tan seguras y desenvueltas que mis alumnas se habían mostrado en clase, me sentí frustrada cuando todas, todas y cada una de ellas actuaron como sus padres, pidiendo y pagando de a una cosa por vez. Volví furiosa a la escuela mientras ellas iban encantadas con la experiencia. ¡Y todavía me preguntaban qué me pasaba!
Es cierto que lo que practicaban en la escuela era un juego y los errores fácilmente subsanables, pero nunca entendí por qué no eran capaces de trasladar el aprendizaje a la vida real, sino que se quedaban con lo conocido, en lo que se sentían seguras, que era reproducir lo que veían en sus padres. Creo que al hacer las compras de esa forma tenían mayor control del dinero y pensaban que no serían estafados. La platita del boliche de la experiencia en el aula era sólo papeles.

OTRO TRASLADO

1º diciembre de 1975, últimos meses de Isabel Perón, el Brujo de la Triple A y en vigencia el decreto firmado por Luder y Ruckauf de aniquilar la subversión. Yo era entonces directora de Mamá Margarita y había ido al pueblo por dos días a cuidar a la cocinera, que estaba internada en el hospital con quemaduras por un incendio ocurrido en su casa; sus tres hijos habían sido derivados al Instituto del Quemado en Buenos Aires. Estaba leyendo mientras tomaba un café en el único restaurante del pueblo, antes de irme al hotel, cuando unos palos negros se apoyaron sobre el mantel de mi mesa. Leer este renglón es una eternidad comparado con la velocidad con que mi cerebro registró que los palos eran caños de ametralladoras, fusiles o qué sé yo, porque sólo puedo distinguir entre una honda y un arma de fuego. Al levantar la vista vi que estaba rodeada por soldados armados hasta los dientes:
–¿Delia Boucau?
–Sí...
–Tiene que acompañarnos.
–¿Por?
–Algo pasó en Mamá Margarita, en el Regimiento le van a ampliar información.
Mi primer pensamiento fue en un accidente, pero no iría el Ejército con toda la parafernalia desplegada a decírmelo. La dueña del restaurante miraba boquiabierta. No sé qué hizo que yo le gritara “¡avisen al Obispo!” (2) (3).
Me hicieron subir al asiento trasero de un jeep. Al llegar a la guardia se me informó que quedaba detenida y punto. Al entrar en la oficina de al lado, me encuentro con dos maestros y dos maestras de la escuela: Mónica Bonini, Mario Rivadero, Bernardino “Chacho” Díaz y María Elena “la Negra” Herrera, demudados y en silencio. Me identificaron pidiéndome por primera vez el documento y me mandaron a sentar. Nadie nos aclaraba nada ni podíamos hablar entre nosotros. En la más absoluta oscuridad y aún en la ignorancia nos llevaron a las tres mujeres al Casino de Oficiales. Un lindo edificio pero tenebroso en la penumbra. Nos hicieron entrar a un pequeño hall al que daban tres puertas: un dormitorio muy amplio con varias camas tendidas fue lo primero que vimos. Quedamos solas y en silencio.
A la mañana siguiente nos despertamos con un sol radiante sobre unos diez centímetros de nieve que refulgía en todo su esplendor. No nos bañamos por temor a que en cualquier momento entrara alguien y nos sacara enjabonadas para cualquier cosa. Lavamos las bombachas ya que estábamos con lo puesto y las pusimos a secar en las ramas del árbol que llegaba hasta la ventana. Mónica decía, viéndolas mecerse con el viento, que si se volaban, no dudaría en llamar a quien fuera para que nos trajera los calzones. Todavía había humor, aunque después nos quedamos mirándonos en silencio; no sabíamos qué decir, qué pensar.
Apareció un oficial que me llevó abajo y entramos a un inmenso salón con ventanales todo a lo largo. El sol y el resplandor de la nieve me encandilaron y apenas pude adivinar siluetas de hombres, muchos, muchos, uno al lado del otro delante de las ventanas; parecían estatuas y no pude distinguir si de uniforme o de civil. Me condujeron a un grupo de cuatro sillones y me senté en el que quedaba desocupado. Me trajeron un café; estaba azorada, pero no tenía miedo. Todavía hoy no lo entiendo, ¡qué inconsciencia! Pero, viviendo en una burbuja, sin noticias, es explicable que me sentara como en el living de una casa a charlar con amigos.
Y empezó la sesión: el bueno, el malo, el moderador, cada uno con sus preguntas en el tono apropiado a su rol. Yo contestaba: padres, hermanos, parientes, amigos, colegios, trabajos, fechas. Que por qué estaba en Mamá Margarita. Por vocación, dije. Que dónde estaba el 20 de junio de no sé qué año. No sé. Que estaba en Zapala, dijo el malo. No tuve tiempo de preguntarme cómo diablos lo sabía y recordé que, ya en vacaciones, había tomado el colectivo hasta allí y después de ver el desfile pasé horas de aburrimiento caminando, mirando negocios cerrados y tomando café hasta que se hizo la hora de tomar el tren a Buenos Aires. Ese episodio me hizo pensar que ningún ciudadano dejó de ser observado en gobiernos civiles o militares. Pero eso lo pensé después.
A la Negra Herrera la soltaron. Almorzamos Mónica y yo y una camioneta vino a buscarnos. En ella ya estaba sólo Mario Rivadero y, para nuestra sorpresa, el Padre Mateos. Sin cruzar palabra nos llevaron hasta el aeropuerto. El oficial y el chofer fueron hasta la torre de control y nos dejaron a los cuatro sentados en el mismo asiento. Mateos nos dijo, muy preocupado, que la cosa no pintaba bien. El sabía lo que estaba pasando en el país, nosotros vivíamos en la más absoluta inopia. Como dos horas después, de vuelta al regimiento; el avión no llegó y respiramos aliviados.
Al día siguiente a las cinco de la tarde nos suben a un Unimog y, brazo en alto, quedamos esposados a la estructura que sostenía el techo de lona. Un oficial, con cara de circunstancias, cierra de golpe la compuerta: “A partir de este momento están a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Cualquier intento de fuga será reprimido con las armas”.
–Usted –me dijo–, ¿se acuerda de mí?
–No.
–Yo estaba a cargo de los conscriptos cuando el general Onganía apadrinó la escuela.
¡Por Dios! ¡El tipo recordaba mi enojo cuando sus colimbas se habían emborrachado y molestaban a las alumnas! Ahora él estaba al mando del operativo. Los otros me preguntaron, pero no quise hablar.
Delante, un camión con soldados que nos apuntaban. Detrás, otro; por sobre la cabina, tres caras adolescentes asustadas, se asomaban con sus armas. Nos sorprendió ver que nos llevaban por el camino que pasa por Piedra del Aguila y Chocón y dedujimos que nos llevaban a Neuquén. Sobre el río Collón Cura, hay un desvío que entra a Sañicó; un camino por el que no pasaba nadie en esa época, y el Padre Mateos, conocedor de la zona, atinó a decir “acá nos matan”. Sin embargo seguimos por la ruta. Los otros habían logrado bajar la mano haciendo correr y girar la esposa, pero en mi barral había algo que lo impedía. Mi mano estaba congelada, dormida; hormigueaba en forma intolerable. Me paré pero un grito me hizo sentar de golpe; los colimbas nos apuntaban directamente. Conseguí meter la mano entre el fierro y la lona para descansar de a ratos. Ya estaba oscuro y el frío era insoportable; nadie tenía mucho abrigo y nos castañeteaban los dientes. Paramos en Piedra del Aguila y nos hicieron bajar de a uno. Al sacar la mano me quedaron en la palma dos tiras en carne viva porque la piel se había congelado y quedó pegada al metal.
Llegamos a Neuquén, al Comando, a las 6.30 de la mañana. De allí nos mandaron al penal. No me acuerdo por dónde entramos, sólo recuerdo un pasillo con dos rejas al final que se abrían a ambos lados. Mónica iba delante y la escuché gemir cuando entramos a otro pasillo y vio la celda. En esa primera la hicieron entrar. A mí me llevaron al otro extremo. Se escuchaban alaridos y una radio a todo volumen. Después supimos que eran dirigentes del S.U.P.E. de Plaza Huincul. Ya no había hombres en el sector donde nos ubicaron a Mónica y a mí. Las celdas medían 1,90 de largo por más o menos 1,20 de ancho. Dos guardias mujeres que no pasarían de los veintipocos años me empujaron hasta el fondo y, a la orden de “desvístase”, comencé a poner la ropa sobre la cama. Tiraban de mis dientes para ver si eran postizos, metían sus dedos en mis oídos... Ya casi habían terminado cuando apareció la jefa y de un brazo las sacó al pasillo preguntándoles quién les había dado orden de hacer aquello. Furiosa, ni me molesté en escuchar la respuesta mientras me vestía. Una vez que cerraron la puerta, me sacudió el golpe seco del pasador y quedé sola.
La luz en la celda estaba permanentemente encendida, sólo veía luz natural cuando me llevaban al baño, al que decidí ir con mucha frecuencia aunque sólo fuera a lavarme las manos para caminar un poco. En cada incursión tosía para que Mónica me diera una pista, pero nunca escuché nada, ni siquiera que se abriera su celda. Eso me preocupaba mucho. Una mano había abierto el ventanuco y me había entregado los cigarrillos que estaban en la cartera. No tenía ganas de fumar, cosa insólita. Para almorzar, aunque vaya a saber qué hora era, me trajeron puchero. Después de comer encendí un fósforo e hice una marquita en la pared con la parte quemada para ir contando los días; siempre y cuando no alteraran el ritmo de comidas, podría llevar el cálculo. Más tarde se volvió a abrir el ventanuco y una mano me entregó el rosario que también estaba en la cartera y que no había pedido. Supe, por el anillo, que era la jefa. Fue la misma que dos días después, con mucho sigilo, abrió la ventanita y susurró “los sueltan”.
–¿Y Mónica? –le pregunté.
–Está bien, quédese tranquila –cerró de golpe y le dijo a alguien: “la estaba vigilando”.
Al tercer día de nuestra llegada a Neuquén nos reencontramos los cuatro detenidos en una oficina donde un oficial mostraba los libros que habían incautado en la escuela; cada uno tenía que decir a quién pertenecían, dato que se anotaba prolijamente en listas. El Padre Mateos admitió que El ejército azul de la Virgen de Fátima era suyo, y yo, que Las revoluciones del motor pertenecía a la biblioteca de la escuela.
No tuve mejor idea que pedirle al oficial que me hiciera una certificación de que habíamos estado detenidos por la razón que fuera esos cinco días para presentar al Consejo Provincial de Educación y justificar nuestras inasistencias. Cuando me la entregaron no paraba de mirar alternativamente al milico y las hojas. Estas eran del tipo borrador de los blocks Coloso, pero el contenido era lo más fantástico que había visto. Decía: “Certifico que Mario Rivadero, Mónica Bonini y Delia Boucau estuvieron detenidos en averiguación de antecedentes desde el 1º de diciembre hasta el 5 inclusive. Firmado: Ernesto Trotz”. Eran sólo tres renglones sin margen superior ni laterales. Ni lugar ni fecha, ni membrete o sello alguno.
Salimos al gran patio deslumbrados por el sol y escuchamos gritos vivándonos. Caminamos hasta el portal de entrada y las casillas de guardia, donde tuvimos que identificarnos otra vez. Ni bien salimos un tropel se nos acercó para abrazarnos. Alcancé a ver a mi hermano y cuñada. Nos dijeron que don Jaime rezaría una misa en la catedral. Hacia allí fuimos y monseñor, cansado, con ojos brillantes y su gran sonrisa, nos abrazó. Al salir del obispado para ir a la iglesia, la señora Manuela de Vega, jefa de supervisores del Consejo, nos estaba esperando para abrazarnos. Fue a título personal. Para la institución, tal vez hubiera sido mejor que no existiéramos, porque cuando más tarde mandé los certificados se me dijo verbalmente que cómo se me había ocurrido sentar semejante precedente. ¿Qué quisieron decir?
Supe, muchos años después, quién nos había acusado y pedido que investigaran. Por la amistad que me une a sus familiares (que fueron quienes me lo dijeron) no voy a dar su nombre. Además, ya murió.

Fuente: Pagina 12

viernes, 3 de diciembre de 2010

Soldados Muertos en Santa Fe

El Tte.Cnel. Domingo Morales está acusado en una causa en la que se investigan más de cincuenta asesinatos y desapariciones.
Entre otras las de los
colimbas Edgardo Ferreyra y Daniel Roberto Suárez.
Morales, no es el único, también esta el General Carlos Alberto Settel, el Suboficial Mario Carmelo Ferger, el Teniente Coronel Carlos Enrique Pavón, el ex Juez de Menores de Santa Fe, Luis María Vera Candioti, el Coronel José María González, el Teniente Coronel Diab, los ex Comisarios Juan Calixto Perizzotti y Héctor Romero Colombini, claro esta que estos sujetos solo son la punta del iceberg, cuanto deberemos esperar para que todos ellos vayan a juicio...??


Roberto Daniel Suárez.



Colimba muerto el 1 de agosto del 1977. Cumplía el Servicio Militar Obligatorio en el Batallón de Anfibios de Santo Tomé y fue enviado por personal de esa guarnición con un sobre cerrado, "para a un teniente en la costanera de Santa Fe".
Su hermano dijo ante la Conadep que fue muerto de un tiro en la cabeza y que sus restos fueron trasladados en una barcaza del Ejército, envueltos en una lona verde para ser enterrado en la clandestinidad.
La esposa de Roberto, María Cecilia Mazzetti, dijo en un juicio, que a ella cuando la detuvieron y la mantuvieron en cautiverio la interrogó el capitán del Destacamento de Inteligencia 122, Domingo Morales, que le preguntaba por su pareja, es decir Roberto Daniel Suarez.




Edgardo Ferreyra.



Despareció el 3 de enero de 1977 cuando le dieron de baja del servicio militar. Por encargo del Mayor Carlos Alberto Settel confeccionó un plano en el Centro de Operaciones ubicado en calle Dorrego entre San Lorenzo y Santa Fe de la ciudad de Rosario. El conscripto no sabía nada más de esa tarea encargada. Al día siguiente viajó a Santa Fe para ver a la familia. Como militaba en el ERP fue seguido por personal encubierto y lo mataron en una irrupción armada en su casa familiar







Francisco Domingo Lera.

Oriundo de la Ciudad de Esperanza, Santa Fé Secuestrado/Desaparecido el 13 de Enero de 1977.

Leemos en "El Escuadrón Perdido", de José Luis D'Andrea Mohr.




Nació: 4 de marzo de 1952
Desapareció: 13 de enero de 1977
Unidad: Grupo de Artillería de Defensa Aérea 121
Jefe: Coronel Juan Orlando ROLON
Comandante de Zona: General Leopoldo Fortunato GALTIERI
Comandante de Subzona: General Andrés FERRERO
Jefe de Area: Coronel Juan Orlando ROLON
Jefe del Destacamento de Inteligencia 121: Teniente coronel Edgardo A. J. POZZI

Francisco Domingo LERA fue incorporado como soldado conscripto en el GADA 121, Guadalupe, Santa Fe, en abril de 1976. Todo hace pensar que sus comienzos fueron normales y hasta afortunados, ya que por orden de su jefe pintó un mural alegórico al descubrimiento de América, nombre de la batería de la que el joven formó parte.

Francisco Domingo obtuvo una licencia para pasar las fiestas de fin de año en su casa de Esperanza, Santa Fe, y después regresó al cuartel.

Según las autoridades militares, el 13 de enero de 1977 a las once de la mañana, el soldado fue enviado en comisión y no regresó; fue dado de baja por "primera deserción simple", pese a no haber sido buscado en su domicilio.

Cuando su padre se enteró de la ausencia del hijo por informe de uno de sus compañeros de batería, se presentó en el Grupo de Artillería de Defensa Aérea 121. Allí, un suboficial le sugirió que volviera a las dos semanas, que algo se iba a aclarar y que lo conveniente era "no hacer barullo". Tiempo después, durante la investigación judicial, el suboficial negó lo dicho y los padres del soldado se enteraron de que su hijo había estado varios días detenido en Rosario por "sospechoso ideológico".

Francisco Domingo LERA jamás apareció; su padre murió durante la búsqueda.

domingo, 16 de mayo de 2010

Testimonio de C.A.Bozzi y un Ex Colimba

Fuente: http://www.subzona15.blogspot.com.ar/


Con testimonios desgarradores y el análisis de una perito psiquiátrica sobre el ex militar se desarrolló una nueva audiencia del juicio por delitos de lesa humanidad perpetrados en nuestra ciudad.

Las conclusiones de la perito psicóloga que examinó a Gregorio Rafael Molina, imputado de crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico militar, complican la situación del suboficial de la Fuerza Aérea.

La doctora Adriana Gaig entrevistó a Molina en agosto de 2007. De aquellos exámenes pudo concluir que el imputado de dos homicidios calificados, 38 secuestros, torturas y violaciones a cautivas en el centro clandestino de detención “ La Cueva ”, es una persona lúcida y ubicada en tiempo y espacio. Que distingue lo lícito de lo ilícito y lo que perjudica de lo que beneficia.

La doctora Gaig fue la primera persona en prestar declaración en la tercera audiencia en el juicio que se realiza en el Tribunal Oral Federal 1 de Mar del Plata. Delante de los jueces Juan Leopoldo Velásquez (presidente), Beatriz Torterola, Juan Carlos París y Martín Bava aseguró que Molina no manifestó sentirse angustiado por la situación que atravesaba en ese momento.





Testimonio de un Ex Colimba


Luego del cuarto intermedio, la audiencia se retomó alrededor de las 15.30 con la presencia ante el tribunal de Enrique Rodríguez quien realizó el servicio militar obligatorio entre marzo de 1976 y noviembre de 1977 en la Base Aérea local.


Según explicó el testigo, durante el periodo en el que él tuvo que estar allí pudo notar que en el edificio del viejo radar alojaban detenidos. Incluso, Rodríguez denominó al lugar como “ La Cueva ”, ya que posteriormente identificó el lugar con los dichos de detenidos desaparecidos.
Además recordó que, mientras tenía que realizar guardias nocturnas en los puestos de entrada a la Base , a él y a otros soldados los obligaban a esconderse en los momentos en que entraban o salían los “grupos de tareas”.

El testimonio del ex colimba se extendió por casi dos horas y en él detalló la vida interna de la Base Aérea local. Entre las particularidades marcadas destacó que les estaba totalmente prohibido acercarse a la zona de La Cueva , sobre todo a los soldados oriundos de Mar del Plata. En este sentido, explicó que para las tareas que era necesario realizar allí los suboficiales –quienes tenían a cargo el funcionamiento del centro clandestino de detención- designaban a los conscriptos provenientes del interior del país. Sin embargo, una sola vez le tocó al testigo llevar una vianda de comida a La Cueva y allí constató la presencia de un joven encapuchado quien le pedía por favor que avisara de su existencia. El testigo remarco que el joven le dijo que su familia se dedicaba a fabricar dulces en la zona de Chascomús.

Otro dato sustancial aportado por el testimonio de Rodríguez tiene que ver con la existencia de los Vuelos de la Muerte. El testigo explicó que, una noche en la que le había tocado guardia en la torre pudo divisar la presencia de aviones bimotores de la Marina a donde subían a personas que estaban atadas.

Rodríguez fue contundente al describir a Molina: “era un loquito que andaba con tres revólveres y granadas colgando”. En este sentido hizo referencia a un chiste que se hacían entre los colimbas: “si Molina se cae explota”. Además pudo precisar que a Molina se lo conocía como “El Sapo” entre los soldados.

Además expresó que lo recuerda con carpetas en la mano y que esto no era común a otros suboficiales de la Base.

Rodríguez no dudó en decir que hubo momentos en los que escuchó gritos provenientes del viejo radar y que, además, esos gritos eran de mujer y desgarradores.
La existencia de listas con nombres de personas que eran buscadas es otro de los elementos aportados por este testimonio que posibilitó comprender cómo funcionaba el centro clandestino de detención en el interior de la Base Aérea.

Durante el testimonio el testigo recordó que en una de las salidas de los grupos de tareas pudo advertir a Eduardo Cativa Tolosa –miembro del Ejército- junto a personal de la Fuerza Aérea saliendo para un operativo y que llevaban a una joven que, en apariencia, esta pertenecía al grupo de detenidos que estaba en la Base.

Testimonio de Carlos Aurelio Bozzi





Carlos Bozzi, sobreviviente del centro clandestino de detención (CCD) La Cueva aseguró que el suboficial retirado Gregorio Rafael Molina fue quien lo secuestró junto a su socio Tomás Fresneda y a la mujer de éste en el operativo conocido como la “Noche de la Corbatas”.
El abogado declaró ayer en la quinta audiencia del juicio a Molina, suboficial mayor retirado de la Fuerza Aérea acusado de crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico militar. Al militar nacido en La Rioja se le imputan dos homicidios calificados, 38 casos de privaciones ilegitimas de la libertad agravada e imposición de tormentos y al menos dos abusos sexuales.
Bozzi pasó once días cautivo en La Cueva tras ser secuestrado la tarde del 8 de julio de 1977. Ayer frente al Tribunal contó que el militar que dirigió el operativo de secuestro, el que lo interrogó y el que le comunicó su libertad fue siempre la misma persona y que por determinados indicios asegura que fue Molina. Lo describió como el hombre de sobretodo gris, con una voz y perfume característicos. También lo reconocía por su anillo y los cigarrillos que fumaba.
La primera vez que el testigo vio al “hombre del sobretodo gris” fue el 8 de julio de 1977. Bozzi lo recordó como la persona que ingresó al estudio que compartía con Tomás Fresneda y le apoyó una pistola en la cara. Luego le propinó dos trompadas cuando el testigo le dijo que no sabía la dirección de la casa de su socio.
Tomás Fresneda, su mujer María de las Mercedes Argarañaz y Bozzi ingresaron a la Cueva esa misma noche. Su secuestro se incluye en el operativo denominado “Noche de las Corbatas” cuando los militares capturaron a un grupo de abogados laboralistas entre el 8 y 9 de julio del ‘77. Fresneda y su mujer continúan desaparecidos.
Antes de empezar su relato Carlos Bozzi repartió a las partes y al tribunal fotocopias de un plano de La Cueva. El testigo había señalizado cada habitación en la que estuvo durante su cautiverio.
Contó que la primera noche estuvieron los tres juntos y que los habían atado y encapuchado. Sintió que gente se iba del lugar y quedaba una radio prendida que pasó el himno nacional. Enseguida un a voz que dijo: “Portense bien que no están en su casa, no queremos matar a nadie más”. El testigo asoció esa advertencia con la muerte abogado Norberto Centeno, secuestrado y asesinado en La Cueva. El certificado de defunción está fechado el 8 de julio de 1977.
Al día siguiente un hombre se llevó a Argarañaz y a los 15 minutos la trajo a Mercedes y se llevó a Fresneda y por último a Bozzi. Era la voz del hombre del sobretodo gris, era el mismo perfume en las manos. El abogado contó que lo pusieron sobre una mesa y le ataron un cable en cada uno de los pies. Después de algunas preguntas vagas, la voz le dijo que si había mentido lo mataba.
Esa noche, calcula que era la segunda, Fresneda le contó que en el interrogatorio le dijeron que lo largaban pero que él y su mujer se quedaban. Cuando se levantó al otro día, el matrimonio Fresneda ya no estaba.
Bozzi también relató que tiempo después, ya en libertad, investigó algunas fechas y supo que durante su encierro había llevado a La Cueva a los García, un matrimonio que fue secuestrado durante julio del ‘77.
Bozzi fue liberado en medio de un simulacro que organizaron sus captores. La idea era hacerle creer a la opinión pública que los abogados habían sido secuestrados y en algunos casos asesinados por Montoneros. La voz le dijo que se habían equivocado con su secuestro. Le dijo que estaba en manos de una célula montonera y que si quería se podía unir a ellos para enfrentar al régimen militar. Bozo dijo que no y fue subido al baúl de un auto con las manos atadas y los ojos vendados. Después de un largo trecho el auto se frenó. Escuchó tiros, un quejido y un grupo de militares que lo liberó. Le dijeron “que hubo un enfrentamiento, que murieron dos extremistas y que el abogado Norberto Centeno estaba muerto en el interior del auto”. Tiempo después se supo que los supuestos “guerrilleros” eran dos jóvenes que habían sido secuestrados en La Plata.

Por Bozzi, Fresneda y Argarañaz se presentó un recurso de habeas corpus en el juzgado de Pedro Federico Hooft, el tramite nunca prosperó. Bozzi fue llamado a declarar por su secuestro pero no se presentó. Vivió en Corrientes varios años hasta que regresó a la ciudad. Los diarios de la época titularon que Bozzi había sido "liberado" por el Ejército y que en el enfrentamiento murieron dos “extremistas”. Nunca corrigieron el error.