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POR NUESTROS COMPAÑEROS MUERTOS EN ENFRENTAMIENTOS, POR LOS SECUESTRADOS Y DESAPARECIDOS, MIENTRAS REALIZABAN EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO, POR LOS VETERANOS NO RECONOCIDOS, POR UN RECONOCIMIENTO
HISTÓRICO A LOS COMPAÑEROS DE MALVINAS, POR QUIENES SOBREVIVIMOS.


JUEVES 17:00 a 19:00 HORAS-AM 740 RADIO REBELDE


Realizan La Voz de los Colimbas...


Gustavo Capra y Ricardo Righi.




Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...

Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...


Si cuando hiciste la colimba,
pasaste por situaciones extremas, hacia tu persona o viste gente secuestrada o algún compañero fue secuestrado o asesinado, no sigas sufriendo tu silencio...
"La Voz de los Colimbas" te escucha ponete en contacto y descarga esa mochila, los colimbas también fuimos victimas, nadie te va a entender mejor que otro colimba.
Si no deseas dar tus datos, te comunicas en forma anónima, no hay problemas...
Tu testimonio es confidencial y puede ayudar mucho.

Por correo a: lavozdeloscolimbas@yahoo.com.ar

Por teléfono: 154-091-1192

Ricardo Righi


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viernes, 4 de octubre de 2013

1982 COMBATE EN COMODORO RIVADAVIA


Por Claudio Jose Barcos*

Comodoro Rivadavia 1982….. 21 de mayo... A la mañana de ese día comenzamos la rutina diaria, regresábamos del descanso de dos días en el refugio, un túnel bien construido donde podíamos dormir con un poco de tranquilidad.

Remplazamos a la guardia anterior y todo parecía normal, nos acomodamos, Antonio Gonzalez y yo formamos la primera pareja que haría la guardia ese día, los pozos de zorro estaban separados unos 12 metros entre uno y otro, también había un refugio donde teníamos la radio y algunos pertrechos, un tambor de 200 litros como estufa, allí esperaban su turno 4 soldados y dos cabos. 

Luego de las primeras dos horas y con un frío y viento que no amaina nos remplazan y Antonio Gonzalez me hace el comentario de que a la noche no me duerma, me lo dijo con algo de preocupación, no le di mucha importancia y el día continuo sin mayores inconvenientes. Durante el día lo observe demasiado callado a Antonio, aunque estuviéramos juntando algo de leña para la estufa, el miraba hacia abajo, estábamos como en una especie de colina donde el terreno se cortaba y tenia una pendiente de unos 40 o 50 metros, a lo lejos la ruta 3 y del lado que yo vigilaba una meseta que se cortaba por las montañas y donde la ruta se perdía.

Llega la noche y el frío se hace sentir con mas rigor, tantos días sin bañarnos y con la misma ropa, no hay nada que te cubra, nada te da calor. Nos ponemos la manta poncho y las antiparras, el viento trae arenilla, me acurruco en mi pozo me saco los guantes de mi mano derecha, para poder meter el dedo en el gatillo, por debajo de la manta, tengo el FAP solo se ve el cañón y el bípode.

Como a la hora oigo a Gonzalez que me llama en voz baja, repetidas veces, salgo de mi pozo y me meto en el de el y me dice que hay movimientos al frente, que los había visto durante el día pero no quiso decirle a nadie por que no estaba seguro -¿a quien viste?- le pregunto -están ahí- me dice -yo no veo nada- fue mi respuesta, y agregue, -lo llamo al cabo- respondió -no, esperemos- volví a mi lugar, esto ocurre dos veces mas y a la tercera me señala un lugar especifico apuntando con su dedo y se me ocurre poner el dedo pulgar como nos habían enseñado, que parecía una tontería en la instrucción pero que me sirvió en ese momento, porque recién ahí cuando cruzan esa línea imaginaria los pude ver, corro a llamar al cabo Daniel Bustos le indicamos la situación, pero le pasa lo mismo, no ve nada, nos dice que por ahí es un zorro, que nos tranquilicemos... 

La realidad era que había tropas inglesas, los atacantes corrían en zig zag para luego tirarse cuerpo a tierra, pero lo hacían en intervalos de 10 o 15 minutos y como en el terreno no hay árboles ni nada para tomar referencia las miles de matas o arbustos hacia mas difícil distinguirlos, en cuanto sacábamos la mirada todo el campo era igual.

Debajo de nosotros y como a 40 metros hay una franja de arcilla en ese momento la cruzan y los vemos con total claridad ya no hay dudas nos están por atacar, la noche estaba relativamente clara, el cielo algo nublado y el resplandor de la luna daba cierta visibilidad, le digo a Antonio -me quedo unos minutos con vos y me voy a cubrir mi lugar- me recuesto contra la pared del pozo, Gonzalez está parado a mi izquierda con el FAL y en ese momento, se para al lado de Antonio casi arriba de su casco un hombre, Antonio grita mi nombre y le dispara a la altura del pecho de abajo hacia arriba, fue tal la sorpresa, me incorporo y siento pasar cerca de mi garganta el filo de un cuchillo, solo atino a disparar y disparar casi sin saber a que o a quien, Gonzalez sale del pozo y enfrenta cuerpo a cuerpo al primer agresor yo sigo disparando hacia abajo tratando de barrer de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, tengo el fusil en tiro a tiro, Antonio vuelve y el agresor también, siguen cuerpo a cuerpo no lo puedo ayudar por miedo a matarlo a él también, pero ya no tengo miedo, todo es una locura, se ven las trazantes, se sienten los disparos que rebotan en las piedras, se me acercan, apunto y es Antonio que me grita -soy yo Barcos, no dispares- se mete en el pozo y comienza a disparar conmigo, se traban los fusiles. En la desesperación y creo que en el hecho de poder hacer algo recuerdo que sacando el cargador y apretando el primer proyectil saltan solos y se vacía el cargador abro la corredera y cargo por el cañón de a uno se lo entrego a Gonzalez y el dispara y yo cargo a todo esto se nos acopla el cabo Bustos, el tiene el fusil envuelto en plástico y comienza a disparar ráfagas. 

Cuando Gonzalez estaba luchando cuerpo a cuerpo vi caer a uno de los comandos que nos atacaban, se acerca la patrulla de apoyo que el cabo había llamado, son dos camiones y rápidamente hacen un trabajo de pinzas bajando desde el costado izquierdo tiran varias luces de bengalas dejamos de disparar se produce un silencio demoledor, todo se ilumina por las bengalas, parece de día, a medida que bajan se ve más claro, Bustos va al pozo de la estufa adentro están los demás con el cabo Rebagliotti los obliga a salir y a cubrir el lado derecho, con Gonzalez no salimos del asombro las luces de bengalas nos dejan ver a 2 0 3 metros de nosotros a dos de los comando cuerpo a tierra, salimos sin pensar bajamos y los subimos a la colina, tienen ropas diferente a la nuestra muy ajustada al cuerpo de color negro y pasa montaña solo vemos sus ojos.  Antonio les quita una especie de prismáticos, a través de ellos se ve como de día solo que de color verde, se los entregamos al cabo Bustos quien los revisa más a fondo, les seguimos apuntando, ellos solos pusieron las manos sobre sus cabezas, uno balbucea algunas palabras que no entendemos, es otro idioma, al rato cae el capitán Escudero jefe nuestro y de la patrulla, el cabo le entrega los prisioneros y a unos 50 metros vemos como cargan más hombres capturados a uno de los camiones, en el otro entre cuatro suben a otros, supongo que muertos, uno vi caer cuando disparaba y barría la zona.

Mis manos comenzaron a temblar, no podía pararlas por más que me esforzara, me dejaron prender un cigarrillo que casi no podía meter en mi boca, para mi sorpresa la cosa no había terminado... 

Nos separan, a Gonzalez, al cabo y a mí y nos rodean, pero no son enemigos son oficiales y sub oficiales no los conozco pero parecen comandos del GOE que vinieron con la patrulla nos dan a entender de que no debemos hablar de lo sucedido, que acá nada paso, que no era conveniente contar nada para que la tropa no se pusiera nerviosa, me acomodaban el cuello de la camisa y me sugerían que no hablara por ningún motivo, esto duro hasta el amanecer... Jamás hablamos hasta 30 años después. Con el cabo Bustos hablamos hace muy poco por teléfono, a Gonzalez después de 28 años lo encontré nos dimos un abrazo y un beso, nos miramos, casi no había que hablar, un silencio largo una sonrisa cómplice -sabes Barcos, Dios nos dio otra oportunidad- dijo Antonio, -si seguro que si ,seguro que sí- le dije y mis ojos se llenaron de lagrimas …..

*SC 63 VG ..CLAUDIO JOSE BARCOS VII BRIGADA AEREA MORON

miércoles, 6 de febrero de 2013

Historia de Colimbas...


Todo comenzó cuando el soldado conscripto Pedro Rodríguez decidió apartarse sin permiso de la fila del desayuno para enjuagar su jarro. Ese acto tan simple alcanzó para mortificar el espíritu reglamentarista del cabo José Gordillo, quién inmediatamente intentó restablecer el orden con insultos y empujones. Viéndose tan maltratado, el soldado dejó caer el jarro enlozado y con la mano ya libre le aplicó al cabo un cachetazo tan sonoro que terminó retumbando en todo el país.

El soldado Rodríguez quedó arrestado a disposición de la justicia militar. Cuatro meses después el Consejo Supremo de Guerra y Marina daba la sentencia definitiva: cadena perpetua en el presidio de Ushuaia. Por cruel que pueda parecernos ahora, ese castigo se ajustaba estrictamente a los reglamentos militares de la época. Y fue del propio Consejo Supremo, conmovido por la sentencia que acababa de infligir, de donde partió la primera insinuación sobre la conveniencia de que el presidente Roque Sáenz Peña atenuara la pena.

Por su parte la población, sensibilizada por los habituales maltratos a los soldados conscriptos, decidió no seguir aceptando pasivamente los excesos. Y a las protestas iniciadas en Córdoba, donde una comisión de damas aprovechó la visita de la Primera Dama para pedir su intervención, se sumaron quejas cada vez más ruidosas que rápidamente se extendieron a Rosario, Chivilcoy, Bahía Blanca y Buenos Aires.
En esta última ciudad, las cosas fueron iniciadas por un grupo de señoritas de la parroquia de San Nicolás, a las que prontamente siguieron los estudiantes de la Facultad de Derecho, quienes queriendo hacer las cosas a lo grande, planearon una multitudinaria marcha hacia la Plaza de Mayo.

Inmediatamente comenzaron a llover sobre el comité organizador adhesiones provenientes desde los más diverso ámbitos: asociaciones patrióticas, organizaciones estudiantiles, la Liga por los Derechos de la Mujer y el Niño encabezada por la doctora Julieta Lanteri, la Bolsa de Comercio, ex soldados conscriptos de la alta sociedad y hasta los trescientos empleados de la Aduana. Los chicos agrupados en el Club del Niño salieron a recorrer casa por casa pidiéndole su firma a cada pibe que encontraban y los diarios de todo el país publicaron duros editoriales contra la sentencia.

En medio de tanta efervescencia, el 8 de febrero de 1911, el condenado llegó a Buenos Aires desde donde debía ser embarcado rumbo a Tierra del Fuego. Vestido con uniforme de brin claro, y esposado a un soldado condenado a una pena menor, Rodríguez bajó del tren e inmediatamente fue rodeado por gente que deseaba saludarlo. Emocionado también por los gritos de aliento que desde otro tren le hacían marineros conscriptos recién dados de baja, el soldado –de aire campesino y rostro marcado por la viruela– alcanzó a decir al cronista de La Prensa: “Hacía tiempo que me hostilizaba y ese día perdí la cabeza. Ahora sólo me queda confiar en que el Presidente me ayude. Pero tengo esperanzas, pues él también es un soldado”.


Era verdad. El doctor Roque Sáenz Peña lucía el grado de General del Perú con el que fuera honrado por el gobierno de ese país en mérito a su heroica actuación en la defensa del Morro de Arica durante la Guerra del Pacífico. Cuando finalmente el Morro fue asaltado, el 7 de junio de 1880, Sáenz Peña, extenuado y herido, clavó su espada en la tierra esperando la misma muerte que los vencedores daban a los demás vencidos, incluido el general Bolognesi. Muerte que no lo alcanzó gracias a la hidalguía de un oficial chileno.

El arribo del soldado Rodríguez a Buenos Aires estimuló aún más la inquietud popular. Un editorial periodístico decía entre perentorio y amenazante: “No es posible suponer que la condena monstruosa se cumpla íntegramente ni que el soldado salga de nuestra ciudad para hundirse toda la vida en el presidio”.

Por fin la marcha quedó organizada. Partiría desde Plaza Congreso el domingo 12 de febrero a las 15 horas recorriendo luego toda la Avenida de Mayo hasta la Casa Rosada. Allí la columna pediría al Presidente que saliera al balcón para escuchar el pedido de clemencia que un orador le haría desde la Plaza. Posteriormente la marcha se encaminaría a lo largo de la calle Florida hasta desembocar en la Plaza San Martín donde varios oradores, entre ellos una joven de la Asociación de Señoritas, hablarían a la concurrencia.

Sólo faltaba un detalle: el permiso de la policía. Pero contra lo que un lector de estos días podría imaginar, su jefe, el general Dellepiane, no solamente autorizó la manifestación, sino que también ofreció la Banda Policial para que encabezara la marcha con tambores y trompetas.

Sin embargo, esta marcha nunca llegó a realizarse porque dos días antes el presidente Sáenz Peña conmutó la pena disminuyéndola a tres años de reclusión en Campo de Mayo. Se basó en la desproporción existente entre la falta y el castigo, y recomendó a las Fuerzas Armadas la reforma del anticuado y cruel Código Militar existente.
A partir de ahí se pierden los rastros del soldado Rodríguez, involuntario causante de una movilización popular que no llegó a transformarse en la primera marcha argentina por los derechos humanos, por muy poco.

miércoles, 6 de junio de 2012

El Himno Inconcluso


Gentileza: AVEGUEMA  Asociación Veteranos de Guerra  Malvinas.


* Por el ex S / C VGM Sergio Ariel Vanroij




Habiendo pasado ya más de sesenta días en las islas, todo parecía empeorarse cada vez más. Los ataques de los buques ingleses que otrora habían sido esporádicos, irrumpían desde hacía más de dos semanas con frecuencia nocturna. Ya como una costumbre a la que no podíamos acostumbrarnos y no dejaba de sorprendernos, veíamos desde nuestra posición los fogonazos y estruendos que cada noche impactaban más cerca nuestro. A modo de contrapunto musical se hacían oír los aviones ingleses volando muy bajo, como buscando blancos de ataque. Y efectivamente un avión Sea Harrier atacó con un misil al radar, del cual nosotros nos encontrábamos a unos seis metros. No vimos nada de lo que quedó del radar sino hasta la mañana, ya que por orden de nuestros superiores permanecimos en nuestra posición. También recuerdo cómo un Sea Harrier fue derribado en vuelo por una de nuestras antiaéreas, y cuyo piloto logró eyectarse y caer al mar.
En medio de esos escenarios un día vi venir hacia mí a un soldado compañero, y gran amigo, Gustavo Saez, que venía del frente en terribles condiciones. Nos dimos un gran abrazo y le di un alfajor que tenía en el bolsillo proveniente de la única encomienda que pude recibir de mi familia en Buenos Aires.
Ante este estado de situación, un mediodía el Capitán López nos ofreció algo inusual: Un excepcional almuerzo de bifes con puré!!!. Así que se creó en ese momento un cuadro impresionista, algo así como “El Almuerzo Final”. Y así lo expresaron las palabras de nuestro Capitán: “Coman con gusto, soldados, este puede ser nuestro último almuerzo”. Tal era nuestra necesidad de alimento que los estruendos, disparos y los vuelos rasantes de los aviones los tomamos como “música funcional” del mejor restaurante porteño!!! No obstante, lo que más nos tranquilizó fue la actitud del Capitán López al comer con nosotros sin importar lo que estaba ocurriendo a nuestro rededor. En la guerra hay situaciones muy insólitas. No hay horarios, no hay regularidades. Entonces, si todos podemos aprovechar un tiempo para comer, se come, no importan las circunstancias, porque esa comida bien puede ser la última ó bien pueden pasar varios días hasta tener otra. Y eso también es tener “valor”. Además, la comida es igual a la prolongación de la vida del combatiente, o sea, es también combatir. Nunca olvidaré la valuable actitud del Capitán López.
Estas circunstancias eran ensordecedoramente angustiantes, indefinidamente tortuosas, en donde el vivir tenía mucho que ver con el sólo instinto.
De un instante a otro, todo aquel panorama de ruidos y estruendos cesó poco antes del amanecer. Había una tensa calma. No sabíamos qué esperar. ¿Sería el preludio de algo peor?
Nuestras mentes estaban lejos de presuponer el fin de la guerra. El silencio y la quietud nos atemorizaba y al mismo tiempo nos adormecía.
Amaneció. Un sol radiante iba elevándose convirtiendo el terreno en un escenario intrigante y silencioso, escenario sobre el cual, avanzada la mañana, vimos desfilar a nuestros compañeros que volvían de las líneas del frente. Voces de dolor y quejidos empezaron a invadir el silencio. Ahí fue cuando vi a dos soldados llevando en una palangana los restos de un compañero, el soldado Soria, de mi regimiento, que, según contaban, había pisado una mina. Otro! El soldado Reyes Lobos, quien el día anterior se había acercado hasta mí dándome una aerograma para que yo lo despachase a su madre, fue noticia: Había sido muerto por una esquirla.
Olores y hedores nauseabundos, como a ropa quemada, empezaron a inundar las calles de Puerto Argentino.

Ya la noticia de la rendición se había hecho oír. No cabía en nosotros ninguna expresión. No podíamos estar “contentos” por volver a casa. El desfile de heridos seguía pasando delante nuestro y tras el verde oliva oscuro y manchado de sangre se empezó a ver “otro verde”. Eran soldados ingleses. Venían tras los heridos. Ahí fue que nuestro capitán nos dijo que él sabía tanto como nosotros cuál sería nuestro destino, que estábamos en manos y a las órdenes de los ingleses. Pasado el mediodía recibimos órdenes de caminar con nuestro armamento y equipo en dirección al aeropuerto. Fue una intensa y lenta caminata integrada por todos los efectivos militares argentinos que se prolongó hasta horas de la noche. En un punto los ingleses nos hicieron dejar el armamento, el que se acumuló formando una montaña.
Seguimos la caminata bajo una noche casi sin luna y sin estrellas, la fina llovizna terminó por mojarnos, no todos teníamos el poncho de plástico. Las piernas se hacían cada vez más pesadas y a veces el andar se transformaba en una especie de baile, en un intento instintivo de descansar los pies al variar el movimiento. Algunos caían y volvían a levantarse. Los pies mojados pero calientes por el constante caminar, hacían que de los borceguíes manara vapor.
Finalmente llegamos al aeropuerto. Sus instalaciones estaban en ruinas y habían restos de aviones desparramados. Recibimos entonces órdenes de acampar y nos entregaron cajas con raciones de comida. En ese ínterin me reencontré con mi compañero y amigo, el Dragoneante Martín Bava. Nos dio mucha alegría saber que estábamos vivos.
La comida nos reanimó y, creyendo que podríamos descansar, llegó otra orden de levantarse y encolumnarse hacia el puerto. Otra larga y pesada caminata nos esperaba.
Llegamos a las inmediaciones del puerto antes del amanecer. Cada vez se veían más soldados ingleses. Ya encolumnados para ingresar al muelle descubrimos que pasábamos por un galpón donde estaban almacenadas unas provisiones de comida. Completamente a oscuras entramos allí. Detecté con mis manos algo que se parecía a una lata de dulce de batata. Efectivamente eso era y me la llevé conmigo a la formación, y abriéndola con mi sable bayoneta, mis compañeros y yo tuvimos una especie de desayuno.
La formación se acercaba cada vez más al muelle en donde nos esperaban los ingleses para revisarnos antes de hacernos subir a una barcaza. Al llegar mi turno de revisación, el soldado inglés vio que yo tenía un bulto en el bolsillo derecho de mi bombacha. Ese bulto era mi flauta dulce que aún conservaba y que en los momentos en que pude, durante la guerra, tocaba alentando a mis compañeros y a mi mismo. El soldado inglés, creyendo que poseía un arma me dijo que sacara lo que tuviera en el bolsillo. Saqué la flauta, se la mostré y me hice entender como para que me dejara conservarla. Éste al revisarla y ver que no representaba ningún peligro, dejó que la guardara nuevamente.
Una vez que la barcaza se hubo completado, nos hicimos mar adentro. A lo lejos veíamos un barco enorme. Tremenda fue la impresión que tuve al acercarnos cada vez más a semejante construcción. Yo nunca había visto antes un trasatlántico y verlo por primera vez me causó gran impresión, era como un gran edificio de dimensiones incalculables a simple vista. Subimos a él por una pequeña escalera de soga. Era algo semejante a escalar un edificio. Llegamos a una escotilla.
Yo inicié mi servicio militar en el Glorioso Regimiento de Infantería Mecanizado 3 “Grl. Belgrano”, en la Compañía C “Ituzaingó”, donde mi rol era “Apuntador de FAP”, luego de seis meses, se dispuso mi traslado a la Compañía Servicios, en la cual pasé a desempeñarme como escribiente en la oficina de Control y Cargos, del Grupo Logística.
Allí conocí a mi compañero, el S/C 62 Szpin que trabajaba en la oficina contigua.
Mi compañero, el S/C 62 Sabin, que era originario de la Compañía C al igual que yo, también había sido trasladado a la oficina junto a Szpin, de modo que al momento de embarcar hacia las islas, fuimos juntos como Grupo Logística al mando del entonces Capitán López. El grupo: Capitán López; Sargento Sarmiento; Cabo Parada; S/C 62 Sabin; S/C 62 Szpin; S/C 62 Martínez y yo. Martínez fue designado para tareas especiales, de modo que Sabin, Szpin y yo formábamos un trío de soldados muy unidos por una gran camaradería y amistad que nos unió durante toda la guerra y aún después de ésta.
Dada mi inclinación natural hacia la música desde niño, cuando terminé la escuela primaria decidí ingresar al conservatorio para estudiar música seriamente. Mi gran pasión: El Piano.
Ni bien ingresé tuve grandes avances en el estudio, lo que me permitió rendir exámenes en forma libre pudiendo así comenzar una carrera velozmente y muy prometedora.
Al ingresar al servicio militar interrumpí mis estudios, pero eso no pudo interrumpir mi música. “Me llevé la música al Ejército”, sin llegar a pertenecer a la Banda del Regimiento, yo era el “soldado músico” y siempre estaba provisto de mi flauta dulce, tocando en el cuartel en todo momento propicio.
Como dije antes, la escalera de soga nos condujo a una escotilla. No miré hacia abajo mientras subía para evitar sentir vértigo ya que el Canberra era increíblemente alto. Luego de hacernos transitar por algunos pasillos, los ingleses nos ubicaron en un salón muy grande a todos juntos (oficiales, suboficiales y soldados), era algo así como una confitería. Nos hicieron sentar en el piso. Al sentarme junto a mis compañeros empiezo a observar todo el salón y me encuentro con que hay un piano... ¡¡¡no lo podía creer!!!.
Le dije a mi querido compañero Carlos Sabin: ¡¡¡Mirá Sabin un piano!!!... ¡qué ganas de tocar!. "¡Y andá tocá el piano!" Me dijo Sabin. ¡¡¡Tocá el HIMNO NACIONAL!!! Vos sos loco? le dije. ¡Nos van a matar a todos!. ¡¡¡No seas tonto andá!!! Tocá el HIMNO!. Insistió Sabin. Y Szpin, que estaba ubicado frente a nosotros se unió a Sabin en un: “¡Tocá Vainroj! Tocá el Himno, tocá, ¡¡¡dale!!!”. Las voces de otros compañeros se unieron a las de Sabin y Szpin: "¡¡¡TOCÁ EL HIMNO!!!". Saez me miraba con ojos sorprendidos. Miré mis manos ennegrecidas y duras por el frío intenso, y por un instante pensé: ¿Podrán mis manos tocar?. Me froté las manos tan fuerte como pude y me dije a mí mismo: “Mi música no sale de mis manos, sino de mi espíritu, y mi espíritu no tiene por qué estar abatido, porque perdimos esta batalla y no la guerra. Tocaré por todos los compañeros que quedaron en la isla y por todos nosotros!”.
Así nomás me levanté, fui hacia el soldado inglés que estaba cerca del piano y le dije en el escaso inglés que sabía: "ái pléi de piano" a lo que me contestó con un gesto afirmativo de su cabeza y un “Oh, yes” y me abrió la tapa del piano. Me senté en una banqueta, hice algunas pequeñas escalas como para probar si el piano estaba en condiciones y comencé a ejecutar los primeros acordes del “Himno Nacional Argentino”.
Todavía antes de la entrada vocal: “Oíd, mortales...” se escuchó la voz de un oficial argentino que obviamente también había sido reducido a prisionero: ¡¡¡Soldados!!! ¡¡¡Todos de pié!!!, ¿¿¿¡¡¡No escuchan el Himno Nacional!!!???.Yo no lo vi porque estaba tocando el piano, pero me pareció ser la voz del Capitán López. ¡Imagínense a más de cien personas parándose en un sólo y enérgico movimiento! Esto alertó a la guardia inglesa. Inmediatamente el mismo soldado inglés que me había permitido tocar el piano, me agarró fuertemente del brazo mientras tocaba y me empujó junto con el resto de la tropa, que ya estaban otra vez sentados en el piso por orden y amenaza de los ingleses.
¿Qué me movió a tocar el piano en esa situación?. ¿Qué movió a mis compañeros a decirme “Tocá el Himno”?.¿Qué movió al oficial a decir que todos se pongan de pié?. Son cosas que sí las puedo responder: Estábamos, si bien dolidos, orgullosos de lo que habíamos hecho, habíamos perdido una batalla pero no la nobleza y la ingenuidad que llevó al oficial a ordenar con toda naturalidad “pararse”a la tropa ante los acordes de nuestro Himno Nacional, sin siquiera importarle que estábamos prisioneros. Era la obediencia incondicional de los soldados a las voces argentinas aún bajo el fusil inglés. Era haber perdido la batalla pero no la identidad argentina y ¡¡¡no había mejor lugar que ese para demostrarlo!!!
Queda el interrogante de saber si los ingleses supieron por qué todos se pararon “al unísono”, si lo relacionaron con la música que yo toqué, y, si acaso hayan reconocido en esa música al “Himno Nacional Argentino”.

Nota del Autor: Carlos Sabin formó una familia con más de dos hijos y se dedicó a la mecánica de automóviles. Lamentablemente falleció el 28 de julio de 2003 en un accidente de tránsito. Nuestra amistad perduró después de la guerra hasta su fallecimiento. A diferencia de mí, Sabin se acordaba con minuciosidad cada detalle de lo vivido en Malvinas y muchas cosas que he relatado aquí perduran en mi memoria gracias a él. Claudio Szpin formó una familia con dos hijos, no tuve contacto con él luego de la guerra sino hasta el año 2000, cuando me dijo que se dedicaba al teatro y me propuso trabajar en un proyecto musical que por falta de tiempo rechacé. En el año 2003 nos reencontramos velando a Sabin y hoy trabajamos juntos en una obra de teatro musical. Gustavo Saez fue mi compañero de camarote en el Canberra. Siguió dedicándose a la música y a la docencia y siempre estuvimos en contacto desde 1982 pero para hablar de música; la guerra siempre fue un tema tácito que solamente lo adivinaban nuestras miradas. Yo, Sergio Vainroj, a pesar de haber interrumpido mis estudios musicales por más de diez años, me dediqué a la música profesionalmente. En el 2004 retomé los estudios en el Conservatorio Nacional de Bs. As. No he formado mi familia aún.


• Durante la guerra se desempeñó como soldado conscripto integrante del Grupo Logística del RIMec 3 “Grl Belgrano”, actualmente es socio activo de AVEGUEMA

domingo, 3 de julio de 2011

Programa del Jueves 30 de Junio de 2011

Jueves 30 de Junio, 17:30 Hs, llegamos a la radio con Gustavo, ambos con el palpito de que se avecinaba un programa de aquellos, de los buenos, claro y no nos equivocamos.....

Minutos después de las 18:00 Horas ingresaron al estudio de "La Voz de los Colimbas" los amigos del Acampe de Plaza de Mayo, entre otros, Marcos Medina (a) "Oso" Luis Pedraza, Eduardo Zabala (a) Charly y el invitado principal Miguel Molina, para quien lea estas lineas y no sepa quienes son, aclaro, son Veteranos de la Guerra de Malvinas, aun No Reconocidos.
De Izq a Der Charly Zabala, G. Capra y Marcos Medina

De Der a Izq Miguel Molina, Luis Pedraza y R.Righi
Miguel Molina, como decirlo....? Les puedo asegurar que no es fácil transmitir aquí todo lo que paso este hombre, Miguel Molina era Suboficial del Ejercito nos brindó un testimonio crudo, desgarrador y esclarecedor de como fueron las situaciones de combate en el Continente, durante la guerra de Malvinas.


"....Ingrese al Ejercito Argentino y fui incorporado al Batallon de Aviación de Combate 601, forme parte de la tripulación  de los helicópteros UH-1H como suboficial mecánico...."
"....cuando estallo la guerra de Malvinas, voy destinado a Comodoro Rivadavia, teníamos una mezcla de ansiedad, de temor, pero al mismo tiempo queríamos ir a las Islas..."
"....entre el 16 o 17 de Abril nos enviaron al Liceo Grl. Roca fuimos dos Helicópteros el AE 419 y el AE 414 con sus correspondientes tripulaciones y un grupo de soldados en cada uno...."

Miguel Molina
"....el 29 de abril por la tarde/noche hay una alerta amarilla y nos ordenan salir en una misión que era secreta, -NdeR: Se habían detectado Comandos Ingleses.-se trataba de patrullar una zona cercana a Caleta Olivia, ya de noche aterrizamos los dos helicópteros, era una misión de combate..."
"...para ese momento, la alerta paso a roja, -NdeR: Son detectados dos submarinos cerca de la costa.- era noche cerrada y esperamos a la primera hora de la mañana...."
"...cambiamos de helicóptero con mi compañero mecánico del AE 419, por problemas que el tiene con el oficial de su helicóptero, o sea yo me voy en el AE 414 salimos temprano, luego perdimos contacto con el otro helicóptero, abortamos la misión y volvimos a origen cerca del medio día, sin novedades del AE 419..."
"...rato después alguien trae un recipiente de goma, era un tanque de combustible de helicóptero, que fue encontrado en la costa marítima, cerca de Caleta Olivia, fuimos donde se había encontrado el tanque y allí en la costa del mar dimos con los restos del AE 419...."
"...comenzamos a levantar los restos y me pasa algo particular, veo una campera que flota, la levanto y me encuentro con los restos de mi compañero, el que cambio de helicóptero conmigo..."
"...nunca tuve ninguna duda en cuanto a que fue derribado por fuerzas inglesas, el helicóptero fue derribado, es mas, al personal de Inteligencia que me entrevisto les dije lo mismo, supongo que decir eso me costo la carrera..."
"...dijeron de mi algo asi como que estaba loco, si estaba loco, como es que llegue a llevar a jefes de la dictadura, tal el caso de Bignone...?"
"...me prohibieron hablar de ello, hoy estoy retirado, pero no percibo jubilacion y tampoco tengo obra social..." 
NdeR: Sobre el helicóptero derribado se realizo una investigación, pero nunca se dieron los resultados.

Para finalizar, comentamos a todos nuestros amigos, que en el estudio también estaban Pablo Corso y Juan Pablo Barrientos, Periodista y Fotógrafo respectivamente de la revista "El Guardián" llegaron a "La Voz de los Colimbas" para realizar una nota de porque el programa, los reclamos, el testimonio de los colimbas ante crímenes de Lesa Humanidad, etc, etc

Pablo Corso y Juan Barrientos, revista El Guardián.
Audio del Programa.Imperdible