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POR NUESTROS COMPAÑEROS MUERTOS EN ENFRENTAMIENTOS, POR LOS SECUESTRADOS Y DESAPARECIDOS, MIENTRAS REALIZABAN EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO, POR LOS VETERANOS NO RECONOCIDOS, POR UN RECONOCIMIENTO
HISTÓRICO A LOS COMPAÑEROS DE MALVINAS, POR QUIENES SOBREVIVIMOS.


JUEVES 17:00 a 19:00 HORAS-AM 740 RADIO REBELDE


Realizan La Voz de los Colimbas...


Gustavo Capra y Ricardo Righi.




Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...

Nosotros podríamos ser los Desaparecidos...Hay que Testimoniar...


Si cuando hiciste la colimba,
pasaste por situaciones extremas, hacia tu persona o viste gente secuestrada o algún compañero fue secuestrado o asesinado, no sigas sufriendo tu silencio...
"La Voz de los Colimbas" te escucha ponete en contacto y descarga esa mochila, los colimbas también fuimos victimas, nadie te va a entender mejor que otro colimba.
Si no deseas dar tus datos, te comunicas en forma anónima, no hay problemas...
Tu testimonio es confidencial y puede ayudar mucho.

Por correo a: lavozdeloscolimbas@yahoo.com.ar

Por teléfono: 154-091-1192

Ricardo Righi


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domingo, 2 de junio de 2013

Nota de "Tiempo Argentino" a la propuesta de "La Voz de los Colimbas"





El Servicio Militar Obligatorio sigue vigente, 


salvo que se cambie una ley “tramposa”


 La Ley 24.429 de instrucción “voluntaria” dictada en 1995 tiene un artículo,

el 19, que permite recurrir a la vieja norma de la dictadura para un llamado 

compulsivo, si las Fuerzas Armadas no cubren el cupo de inscriptos. 

Ex colimbas, organismos de Derechos Humanos y referentes sociales intentan 

que eso se modifique.   

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Info News
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Info NewsPor: 
Daniel Enzetti














El servicio militar sigue siendo obligatorio en la Argentina, pero la gran mayoría de la gente cree que no. A grandes rasgos se conoce la existencia de una ley que lo declaró voluntario en 1995, meses después que el crimen del conscripto Omar Carrasco desencadenara una serie de debates que supuestamente eliminaron el llamado compulsivo de las Fuerzas Armadas a integrar sus filas. Desesperadas, más que por contar con soldados para conflictos bélicos con el extranjero -en los que solían rendirse al segundo tiro-, por tener carne fresca para pintar cuarteles, barrer galpones o limpiar baños de los casinos de oficiales.
Aquella ley actualmente vigente, recordada como la del “Servicio Militar Voluntario”, es la  24.429, que no sólo no deroga su antecesora 17.531 de obligatoriedad a la instrucción, sino que además deja una puerta abierta para recurrir a esa norma en caso que el gobierno lo ordene. 
La 24.429, recordada como “Ley Carrasco”, modificó la manera en que las tres Armas pasaron a nutrirse de personal. El sistema de sorteo para Marina, Fuerza Aérea y Ejército pasó a convertirse en inscripción abierta, decidida como opción por candidatos que elegían la carrera militar, reglamentada y con salario. Pero no significa, como se piensa generalmente, que la imposición a formar filas militares se haya desterrado definitivamente. 
El resquicio lo facilita el artículo 19: "En el caso excepcional que no se llegaran a cubrir con soldados voluntarios los cupos fijados de acuerdo con el artículo 3, el Poder Ejecutivo podrá convocar, en los términos establecidos por la ley 17.531, a los ciudadanos que en el año de la prestación cumplan 18 años de edad y por un período que no podrá exceder de un año”. Y agrega: "Para realizar la convocatoria el Poder Ejecutivo deberá previamente requerir la autorización por ley del Congreso Nacional, expresando las circunstancias que motivan la solicitud y las razones por las cuales no pudieron cubrirse los cupos pertinentes. 
Los ciudadanos que ingresen a las filas de las Fuerzas Armadas, de acuerdo con lo previsto por el presente artículo, tendrán los mismos derechos y obligaciones enunciados en el artículo 2 y percibirán una retribución equivalente a la establecida en el artículo 4 de la presente ley”.
“NOSOTROS LA LLAMAMOS ‘LEY TRAMPA’”. Los antecedentes del SMO se remontan a comienzos del 1900 con la Ley de Vagos (o “de Leva”), mencionada por José Hernández en el Martín Fierro. La falta de soldados para contener a los indios en "fronteras" internas, y la necesidad de mano de obra para saladeros y grandes estancias, derivó en una norma con la que se combatió el "nomadismo, la delincuencia rural y el vagabundeo". El llamado obligatorio a integrar las fuerzas de seguridad de la época abarcó a varones de entre 18 y 40 años que no tuvieran propiedad ni trabajo estable, y tampoco pudieran acreditar ocupación. Algunos gauchos se salvaban: los que presentaban su "papeleta de conchabo" firmada por sus patrones. 
"La excusa del poder –dice Horacio Verstraeten, uno de los impulsores de la derogación definitiva del SMO– era ‘emparejar’ a los ricos y pobres para ‘cumplir con la patria’. Con el invento de educar a los muchachos campesinos en los altos valores de la patria. Pero a su vez, la Leva tomaba cosas de lo ocurrido durante las guerras de la Independencia, cuando el esclavo entraba al Ejército y ese paso lo convertía en un hombre libre. El problema vino al finalizar los movimientos independentistas. ¿De qué manera se conseguirían hombres a partir de ese momento? Ahí vino la obligación, la imposición”.
Horacio Righi es otro de los que trabaja para modificar la reglamentación. "A la 24.429 también la llamamos ‘Ley Trampa’ –explica–, porque tiene pocos artículos que por lo general no se conocen, y uno especialmente que remite expresamente a la obligación de presentarse en un cuartel si el Estado lo requiere. Los tiempos cambiaron, pero la mentalidad militar, ese mandato cultural tan vinculado con la superioridad, el honor y lo correcto, nos sigue marcando. Siempre la ‘seguridad’ estuvo cómoda luchando contra fantasmas. En aquellos años el anarquismo, el socialismo y los movimientos comunistas. Y hoy podría ser lo que tan genéricamente se llama ‘delincuencia’ relacionada al pobre. El general Pablo Ricchieri decía que la instrucción militar moralizaba a la ciudadanía, por ejemplo".
LA PRIMERA PIEDRA TIRADA POR EL FOSMO. En pleno conflicto de Malvinas, Eduardo Pimentel, co-fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), se negó a que su hijo cumpliera el SM amparándose en el principio de patria potestad. En una carta enviada a Reynaldo Bignone, Stojan Tercic exigió lo mismo para su hijo Alejandro: "De acuerdo a mi conciencia y ejerciendo la autoridad de la patria potestad, he decidido no autorizar a mi hijo Alejandro responder al llamado de conscripción. Mi decisión está basada en la convicción de que el SM se opone a la ley de Dios, que dice ‘No matarás’, y no hay ley alguna superior a la ley de Dios". Lo mismo hizo Fernando Angel Portillo para con su hijo clase 1965. En un mensaje redactado a Raúl Alfonsín, ya en democracia, desconoció el Servicio por "imperativo de mi conciencia cristiana".
El debate derivó en la creación del Frente Opositor al Servicio Militar Obligatorio (FOSMO), una iniciativa pensada como "pluralista y ecuménica" que definía a la instrucción como un "severo régimen disciplinario con violencia física, psíquica y moral", sin que exista "posibilidad real de repelar los actos arbitrarios y humillantes" de las Fuerzas. En uno de sus documentos, titulado “Un derecho todavía violado”, Pedro Vendramín recordaba la creación del SMO en 1901. Y citaba expresiones del diputado Demaría en una conferencia dictada en el Colegio Militar por Manuel Carlés en 1915:  "El oficial siente que la Nación le confía la redención del conscripto inculto, ignorante y perverso, argentino de nacionalidad pero bárbaro de condición, que constituye un peligro para la estabilidad social y una amenaza para nuestra cultura”.
LA CAMPAÑA POR LA ABOLICIÓN. Son casi 500 los adherentes a la abolición del SMO iniciada en el 2009, y muchos de ellos aportaron ideas para un proyecto de Ley que derogue definitivamente a la 17.531. Apoyan  instituciones y organismos de DDHH como CELS, SERPAJ, Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, CEMIDA, APDH y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, entre otros. Y distintas personalidades y referentes sociales como Osvaldo Bayer, Miriam Lewin, Julio Morresi, Norman Briski, Teresa Parodi, Raúl Zaffaroni, Bernardo Alberte, Claudia Puyó, Rodolfo Mattarollo, Carlos Slepoy, Aldo Etchegoyen, Fernando Portillo, Mirta Mántaras, Sara Steimberg, Pablo Llonto, Stella Calloni y Julia D´Andrea Mohr.
"Evidentemente sabemos que bajo este contexto político –afirma Verstraeten–, es imposible que ocurra un llamado a formar tropas (ver recuadro), pero una de las características que tiene este país es pretender resolver las cosas una vez que explotaron. Aunque la gran mayoría de la gente no lo sepa, existen intereses muy fuertes para que la conscripción sea obligatoria, sobre todo en el interior. En las provincias, la colimba está relacionada con la fuerza del trabajo, los servicios, las prebendas. ¿Recordás el debate alrededor de la resolución 125? Se llegó a decir que si no había producción de carne, con las miles de vacas que tenía el Ejército alcanzaba para cubrir la demanda de toda la población. ¿Y quién cuida esas vacas, y la infraestructura militar en general? Por eso son tan ‘necesarios’los colimbas”. «

“La colimba es sinónimo de servidumbre y humillación”
La campaña para la derogación definitiva de la instrucción militar arrancó por casualidad, en la mesa de un bar. Ricardo Righi, Horacio Verstraeten y Gustavo Capra, tres conscriptos durante los años setenta, elegían temas para su programa de radio La voz de los colimbas (AM 1010 Onda Latina, jueves 18 a 20 hs.), hasta que uno dijo: "Che, el servicio sigue siendo obligatorio y nadie lo sabe. ¿Qué podemos hacer?" A partir de ese momento, mediados de 2009, el grupo consiguió casi 500 adhesiones a la idea, que apunta como objetivo final a que el Congreso de la Nación apruebe una ley en remplazo de la actual. Que deja abierta la puerta para un llamado compulsivo de ciudadanos, dato que la mayoría de la gente no conoce.
–¿Qué fue lo primero que hicieron?
R.R.: –En la radio hablábamos de temas generales que tenían que ver con la problemática del conscripto, la cuestión de los ex combatientes en Malvinas, y algo que es central: los colimbas secuestrados durante la dictadura militar. Fijate que hasta hace muy poco tiempo, esos pibes desaparecidos después del golpe de Estado de 1976 eran considerados "desertores", y nadie se ocupaba de ellos. Pero la cosa cambió cuando Nilda Garré fue ministra de Defensa.
–Coincidió con una convocatoria de Eduardo Luis Duhalde en la Secretaría de DDHH de la Nación, para que aquellos que habían realizado la instrucción en esos años contaran lo que habían visto.
H.V.: –Sí, fue una forma de decirnos "muchachos, pierdan el miedo". Con respecto a la campaña, empezamos a trabajar para la derogación desde distintos lados. Armamos un blog, derogaciondelsmo.blogspot.com, fuimos pidiendo apoyos de instituciones y personalidades, y al mismo tiempo organizamos charlas con diputados y senadores. Hay que advertirle a la gente que el servicio militar sigue siendo obligatorio, que la denominada Ley Carrasco es sólo una suspensión del llamado, y que la norma vigente deja una puerta abierta para la convocatoria.
R.R.: –Pero además, lo importante es entender lo que el SMO representa como mensaje, en un país donde el autoritarismo y la represión fueron permanentes.
H.V.: –Yo creo que sin colimbas, los militares no podrían haber tenido detenidos desaparecidos durante años. Me refiero a la tremenda estructura que debían mantener en aquel tiempo. Eran los colimbas los que cocinaban, los que limpiaban, y hasta los que se encargaban de las revisaciones médicas. Si ibas al consultorio, a lo mejor el que te recibía era un pibe como vos, que había pedido prórroga y se desempeñaba como oficial de reserva o aspirante. Es muy difícil contar esto a un chico que hoy tiene 18 años, y que no conoce el poderío que la clase militar llegó a tener en este país.
–Es imposible que dentro del contexto político actual exista un llamado obligatorio. Pero ustedes explican, en los espacios de difusión, lo importante que es adelantarse a los problemas.
H.V.: –Porque toda ley es una construcción abstracta que imagina un futuro, y en materia civil hay ejemplos claros de eso, como los avances en el matrimonio igualitario. Vos tratás de reglamentar ese futuro, considerando distintas variables. Por supuesto, no hay ningún tipo de posibilidad de que el kirchnerismo llame masivamente a la colimba, pero cuidado, porque existen otros sectores que trabajan  para eso. ¿Por qué no tenerlo en cuenta? ¿Siempre vamos a estar atrás de los acontecimientos, desesperándonos por solucionarlos cuando ya ocurrieron? Uno de los que militan para el servicio militar obligatorio es el diputado salteño Alfredo Olmedo, por ejemplo. La cuestión es más compleja, hay muchos intereses detrás de esto.
–¿Por qué?
H.V.: –Como aclaración, digamos que detrás del SMO hay mitos y falsas creencias que es necesario desenmascarar de una vez por todas. El discurso oficial histórico en este país marcaba que la conscripción ofrecía igualdad, y eso es mentira. Porque si afuera hay ricos y pobres, adentro de los regimientos también. Lo primero que te preguntaban era qué sabías hacer, y si conocías de costura, escribías o te manejabas en determinado oficio, no salías más, porque eras útil. Al contrario, se discriminaba a los otros, condenados a barrer o limpiar baños. Siempre la colimba fue sinónimo de servidumbre y humillación, vos "le servías" a un militar, eras su esclavo. Y bajo circunstancias increíbles, porque a lo mejor, un pibe de 18 años estaba mejor formado que un oficial de 20, y sin embargo ese mismo oficial lo denigraba permanentemente.
–¿Cuáles son los próximos pasos?
R.R.: El objetivo último es que el Congreso aprueba una ley definitiva que no deje lugar a interpretaciones distintas: el servicio no es obligatorio, y punto. Queremos informar a la gente, aclararle que si no cambiamos esto, alguien podría convocar a los pibes en un futuro, y tendría respaldo legal para hacerlo si no nos movemos a tiempo.

miércoles, 6 de junio de 2012

El Himno Inconcluso


Gentileza: AVEGUEMA  Asociación Veteranos de Guerra  Malvinas.


* Por el ex S / C VGM Sergio Ariel Vanroij




Habiendo pasado ya más de sesenta días en las islas, todo parecía empeorarse cada vez más. Los ataques de los buques ingleses que otrora habían sido esporádicos, irrumpían desde hacía más de dos semanas con frecuencia nocturna. Ya como una costumbre a la que no podíamos acostumbrarnos y no dejaba de sorprendernos, veíamos desde nuestra posición los fogonazos y estruendos que cada noche impactaban más cerca nuestro. A modo de contrapunto musical se hacían oír los aviones ingleses volando muy bajo, como buscando blancos de ataque. Y efectivamente un avión Sea Harrier atacó con un misil al radar, del cual nosotros nos encontrábamos a unos seis metros. No vimos nada de lo que quedó del radar sino hasta la mañana, ya que por orden de nuestros superiores permanecimos en nuestra posición. También recuerdo cómo un Sea Harrier fue derribado en vuelo por una de nuestras antiaéreas, y cuyo piloto logró eyectarse y caer al mar.
En medio de esos escenarios un día vi venir hacia mí a un soldado compañero, y gran amigo, Gustavo Saez, que venía del frente en terribles condiciones. Nos dimos un gran abrazo y le di un alfajor que tenía en el bolsillo proveniente de la única encomienda que pude recibir de mi familia en Buenos Aires.
Ante este estado de situación, un mediodía el Capitán López nos ofreció algo inusual: Un excepcional almuerzo de bifes con puré!!!. Así que se creó en ese momento un cuadro impresionista, algo así como “El Almuerzo Final”. Y así lo expresaron las palabras de nuestro Capitán: “Coman con gusto, soldados, este puede ser nuestro último almuerzo”. Tal era nuestra necesidad de alimento que los estruendos, disparos y los vuelos rasantes de los aviones los tomamos como “música funcional” del mejor restaurante porteño!!! No obstante, lo que más nos tranquilizó fue la actitud del Capitán López al comer con nosotros sin importar lo que estaba ocurriendo a nuestro rededor. En la guerra hay situaciones muy insólitas. No hay horarios, no hay regularidades. Entonces, si todos podemos aprovechar un tiempo para comer, se come, no importan las circunstancias, porque esa comida bien puede ser la última ó bien pueden pasar varios días hasta tener otra. Y eso también es tener “valor”. Además, la comida es igual a la prolongación de la vida del combatiente, o sea, es también combatir. Nunca olvidaré la valuable actitud del Capitán López.
Estas circunstancias eran ensordecedoramente angustiantes, indefinidamente tortuosas, en donde el vivir tenía mucho que ver con el sólo instinto.
De un instante a otro, todo aquel panorama de ruidos y estruendos cesó poco antes del amanecer. Había una tensa calma. No sabíamos qué esperar. ¿Sería el preludio de algo peor?
Nuestras mentes estaban lejos de presuponer el fin de la guerra. El silencio y la quietud nos atemorizaba y al mismo tiempo nos adormecía.
Amaneció. Un sol radiante iba elevándose convirtiendo el terreno en un escenario intrigante y silencioso, escenario sobre el cual, avanzada la mañana, vimos desfilar a nuestros compañeros que volvían de las líneas del frente. Voces de dolor y quejidos empezaron a invadir el silencio. Ahí fue cuando vi a dos soldados llevando en una palangana los restos de un compañero, el soldado Soria, de mi regimiento, que, según contaban, había pisado una mina. Otro! El soldado Reyes Lobos, quien el día anterior se había acercado hasta mí dándome una aerograma para que yo lo despachase a su madre, fue noticia: Había sido muerto por una esquirla.
Olores y hedores nauseabundos, como a ropa quemada, empezaron a inundar las calles de Puerto Argentino.

Ya la noticia de la rendición se había hecho oír. No cabía en nosotros ninguna expresión. No podíamos estar “contentos” por volver a casa. El desfile de heridos seguía pasando delante nuestro y tras el verde oliva oscuro y manchado de sangre se empezó a ver “otro verde”. Eran soldados ingleses. Venían tras los heridos. Ahí fue que nuestro capitán nos dijo que él sabía tanto como nosotros cuál sería nuestro destino, que estábamos en manos y a las órdenes de los ingleses. Pasado el mediodía recibimos órdenes de caminar con nuestro armamento y equipo en dirección al aeropuerto. Fue una intensa y lenta caminata integrada por todos los efectivos militares argentinos que se prolongó hasta horas de la noche. En un punto los ingleses nos hicieron dejar el armamento, el que se acumuló formando una montaña.
Seguimos la caminata bajo una noche casi sin luna y sin estrellas, la fina llovizna terminó por mojarnos, no todos teníamos el poncho de plástico. Las piernas se hacían cada vez más pesadas y a veces el andar se transformaba en una especie de baile, en un intento instintivo de descansar los pies al variar el movimiento. Algunos caían y volvían a levantarse. Los pies mojados pero calientes por el constante caminar, hacían que de los borceguíes manara vapor.
Finalmente llegamos al aeropuerto. Sus instalaciones estaban en ruinas y habían restos de aviones desparramados. Recibimos entonces órdenes de acampar y nos entregaron cajas con raciones de comida. En ese ínterin me reencontré con mi compañero y amigo, el Dragoneante Martín Bava. Nos dio mucha alegría saber que estábamos vivos.
La comida nos reanimó y, creyendo que podríamos descansar, llegó otra orden de levantarse y encolumnarse hacia el puerto. Otra larga y pesada caminata nos esperaba.
Llegamos a las inmediaciones del puerto antes del amanecer. Cada vez se veían más soldados ingleses. Ya encolumnados para ingresar al muelle descubrimos que pasábamos por un galpón donde estaban almacenadas unas provisiones de comida. Completamente a oscuras entramos allí. Detecté con mis manos algo que se parecía a una lata de dulce de batata. Efectivamente eso era y me la llevé conmigo a la formación, y abriéndola con mi sable bayoneta, mis compañeros y yo tuvimos una especie de desayuno.
La formación se acercaba cada vez más al muelle en donde nos esperaban los ingleses para revisarnos antes de hacernos subir a una barcaza. Al llegar mi turno de revisación, el soldado inglés vio que yo tenía un bulto en el bolsillo derecho de mi bombacha. Ese bulto era mi flauta dulce que aún conservaba y que en los momentos en que pude, durante la guerra, tocaba alentando a mis compañeros y a mi mismo. El soldado inglés, creyendo que poseía un arma me dijo que sacara lo que tuviera en el bolsillo. Saqué la flauta, se la mostré y me hice entender como para que me dejara conservarla. Éste al revisarla y ver que no representaba ningún peligro, dejó que la guardara nuevamente.
Una vez que la barcaza se hubo completado, nos hicimos mar adentro. A lo lejos veíamos un barco enorme. Tremenda fue la impresión que tuve al acercarnos cada vez más a semejante construcción. Yo nunca había visto antes un trasatlántico y verlo por primera vez me causó gran impresión, era como un gran edificio de dimensiones incalculables a simple vista. Subimos a él por una pequeña escalera de soga. Era algo semejante a escalar un edificio. Llegamos a una escotilla.
Yo inicié mi servicio militar en el Glorioso Regimiento de Infantería Mecanizado 3 “Grl. Belgrano”, en la Compañía C “Ituzaingó”, donde mi rol era “Apuntador de FAP”, luego de seis meses, se dispuso mi traslado a la Compañía Servicios, en la cual pasé a desempeñarme como escribiente en la oficina de Control y Cargos, del Grupo Logística.
Allí conocí a mi compañero, el S/C 62 Szpin que trabajaba en la oficina contigua.
Mi compañero, el S/C 62 Sabin, que era originario de la Compañía C al igual que yo, también había sido trasladado a la oficina junto a Szpin, de modo que al momento de embarcar hacia las islas, fuimos juntos como Grupo Logística al mando del entonces Capitán López. El grupo: Capitán López; Sargento Sarmiento; Cabo Parada; S/C 62 Sabin; S/C 62 Szpin; S/C 62 Martínez y yo. Martínez fue designado para tareas especiales, de modo que Sabin, Szpin y yo formábamos un trío de soldados muy unidos por una gran camaradería y amistad que nos unió durante toda la guerra y aún después de ésta.
Dada mi inclinación natural hacia la música desde niño, cuando terminé la escuela primaria decidí ingresar al conservatorio para estudiar música seriamente. Mi gran pasión: El Piano.
Ni bien ingresé tuve grandes avances en el estudio, lo que me permitió rendir exámenes en forma libre pudiendo así comenzar una carrera velozmente y muy prometedora.
Al ingresar al servicio militar interrumpí mis estudios, pero eso no pudo interrumpir mi música. “Me llevé la música al Ejército”, sin llegar a pertenecer a la Banda del Regimiento, yo era el “soldado músico” y siempre estaba provisto de mi flauta dulce, tocando en el cuartel en todo momento propicio.
Como dije antes, la escalera de soga nos condujo a una escotilla. No miré hacia abajo mientras subía para evitar sentir vértigo ya que el Canberra era increíblemente alto. Luego de hacernos transitar por algunos pasillos, los ingleses nos ubicaron en un salón muy grande a todos juntos (oficiales, suboficiales y soldados), era algo así como una confitería. Nos hicieron sentar en el piso. Al sentarme junto a mis compañeros empiezo a observar todo el salón y me encuentro con que hay un piano... ¡¡¡no lo podía creer!!!.
Le dije a mi querido compañero Carlos Sabin: ¡¡¡Mirá Sabin un piano!!!... ¡qué ganas de tocar!. "¡Y andá tocá el piano!" Me dijo Sabin. ¡¡¡Tocá el HIMNO NACIONAL!!! Vos sos loco? le dije. ¡Nos van a matar a todos!. ¡¡¡No seas tonto andá!!! Tocá el HIMNO!. Insistió Sabin. Y Szpin, que estaba ubicado frente a nosotros se unió a Sabin en un: “¡Tocá Vainroj! Tocá el Himno, tocá, ¡¡¡dale!!!”. Las voces de otros compañeros se unieron a las de Sabin y Szpin: "¡¡¡TOCÁ EL HIMNO!!!". Saez me miraba con ojos sorprendidos. Miré mis manos ennegrecidas y duras por el frío intenso, y por un instante pensé: ¿Podrán mis manos tocar?. Me froté las manos tan fuerte como pude y me dije a mí mismo: “Mi música no sale de mis manos, sino de mi espíritu, y mi espíritu no tiene por qué estar abatido, porque perdimos esta batalla y no la guerra. Tocaré por todos los compañeros que quedaron en la isla y por todos nosotros!”.
Así nomás me levanté, fui hacia el soldado inglés que estaba cerca del piano y le dije en el escaso inglés que sabía: "ái pléi de piano" a lo que me contestó con un gesto afirmativo de su cabeza y un “Oh, yes” y me abrió la tapa del piano. Me senté en una banqueta, hice algunas pequeñas escalas como para probar si el piano estaba en condiciones y comencé a ejecutar los primeros acordes del “Himno Nacional Argentino”.
Todavía antes de la entrada vocal: “Oíd, mortales...” se escuchó la voz de un oficial argentino que obviamente también había sido reducido a prisionero: ¡¡¡Soldados!!! ¡¡¡Todos de pié!!!, ¿¿¿¡¡¡No escuchan el Himno Nacional!!!???.Yo no lo vi porque estaba tocando el piano, pero me pareció ser la voz del Capitán López. ¡Imagínense a más de cien personas parándose en un sólo y enérgico movimiento! Esto alertó a la guardia inglesa. Inmediatamente el mismo soldado inglés que me había permitido tocar el piano, me agarró fuertemente del brazo mientras tocaba y me empujó junto con el resto de la tropa, que ya estaban otra vez sentados en el piso por orden y amenaza de los ingleses.
¿Qué me movió a tocar el piano en esa situación?. ¿Qué movió a mis compañeros a decirme “Tocá el Himno”?.¿Qué movió al oficial a decir que todos se pongan de pié?. Son cosas que sí las puedo responder: Estábamos, si bien dolidos, orgullosos de lo que habíamos hecho, habíamos perdido una batalla pero no la nobleza y la ingenuidad que llevó al oficial a ordenar con toda naturalidad “pararse”a la tropa ante los acordes de nuestro Himno Nacional, sin siquiera importarle que estábamos prisioneros. Era la obediencia incondicional de los soldados a las voces argentinas aún bajo el fusil inglés. Era haber perdido la batalla pero no la identidad argentina y ¡¡¡no había mejor lugar que ese para demostrarlo!!!
Queda el interrogante de saber si los ingleses supieron por qué todos se pararon “al unísono”, si lo relacionaron con la música que yo toqué, y, si acaso hayan reconocido en esa música al “Himno Nacional Argentino”.

Nota del Autor: Carlos Sabin formó una familia con más de dos hijos y se dedicó a la mecánica de automóviles. Lamentablemente falleció el 28 de julio de 2003 en un accidente de tránsito. Nuestra amistad perduró después de la guerra hasta su fallecimiento. A diferencia de mí, Sabin se acordaba con minuciosidad cada detalle de lo vivido en Malvinas y muchas cosas que he relatado aquí perduran en mi memoria gracias a él. Claudio Szpin formó una familia con dos hijos, no tuve contacto con él luego de la guerra sino hasta el año 2000, cuando me dijo que se dedicaba al teatro y me propuso trabajar en un proyecto musical que por falta de tiempo rechacé. En el año 2003 nos reencontramos velando a Sabin y hoy trabajamos juntos en una obra de teatro musical. Gustavo Saez fue mi compañero de camarote en el Canberra. Siguió dedicándose a la música y a la docencia y siempre estuvimos en contacto desde 1982 pero para hablar de música; la guerra siempre fue un tema tácito que solamente lo adivinaban nuestras miradas. Yo, Sergio Vainroj, a pesar de haber interrumpido mis estudios musicales por más de diez años, me dediqué a la música profesionalmente. En el 2004 retomé los estudios en el Conservatorio Nacional de Bs. As. No he formado mi familia aún.


• Durante la guerra se desempeñó como soldado conscripto integrante del Grupo Logística del RIMec 3 “Grl Belgrano”, actualmente es socio activo de AVEGUEMA