El vídeo es de 2011 pero pone en evidencia a delincuentes de la Provincia de Tucuman, que estafaban a ex colimbas de las clases 53 a 59.
Es algo que no nos asombra y que "La Voz de los Colimbas" viene denunciando desde hace años, tanto en Tucuman como en otros lugares del país.
Como hace años dijimos y hoy reiteramos, toda persona que manifieste realizar gestiones para un reconocimiento de las clases 53 a 59 y requiera dinero, a cambio de esta "labor" es lisa y llanamente un estafador, no caigan en las redes de estos personajes.
Si sabes de alguien que comete estos actos de delincuencia, "La Voz de los Colimbas" te escucha, denunciemos juntos, no seamos complices con nuestro silencio.
http://www.youtube.com/watch?v=_aFTUo_AgV8
Segunda Parte...
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miércoles, 20 de febrero de 2013
miércoles, 6 de febrero de 2013
Historia de Colimbas...
Todo comenzó cuando el soldado conscripto Pedro Rodríguez decidió apartarse sin permiso de la fila del desayuno para enjuagar su jarro. Ese acto tan simple alcanzó para mortificar el espíritu reglamentarista del cabo José Gordillo, quién inmediatamente intentó restablecer el orden con insultos y empujones. Viéndose tan maltratado, el soldado dejó caer el jarro enlozado y con la mano ya libre le aplicó al cabo un cachetazo tan sonoro que terminó retumbando en todo el país.
El soldado Rodríguez quedó arrestado a disposición de la justicia militar. Cuatro meses después el Consejo Supremo de Guerra y Marina daba la sentencia definitiva: cadena perpetua en el presidio de Ushuaia. Por cruel que pueda parecernos ahora, ese castigo se ajustaba estrictamente a los reglamentos militares de la época. Y fue del propio Consejo Supremo, conmovido por la sentencia que acababa de infligir, de donde partió la primera insinuación sobre la conveniencia de que el presidente Roque Sáenz Peña atenuara la pena.
Por su parte la población, sensibilizada por los habituales maltratos a los soldados conscriptos, decidió no seguir aceptando pasivamente los excesos. Y a las protestas iniciadas en Córdoba, donde una comisión de damas aprovechó la visita de la Primera Dama para pedir su intervención, se sumaron quejas cada vez más ruidosas que rápidamente se extendieron a Rosario, Chivilcoy, Bahía Blanca y Buenos Aires.
En esta última ciudad, las cosas fueron iniciadas por un grupo de señoritas de la parroquia de San Nicolás, a las que prontamente siguieron los estudiantes de la Facultad de Derecho, quienes queriendo hacer las cosas a lo grande, planearon una multitudinaria marcha hacia la Plaza de Mayo.
Inmediatamente comenzaron a llover sobre el comité organizador adhesiones provenientes desde los más diverso ámbitos: asociaciones patrióticas, organizaciones estudiantiles, la Liga por los Derechos de la Mujer y el Niño encabezada por la doctora Julieta Lanteri, la Bolsa de Comercio, ex soldados conscriptos de la alta sociedad y hasta los trescientos empleados de la Aduana. Los chicos agrupados en el Club del Niño salieron a recorrer casa por casa pidiéndole su firma a cada pibe que encontraban y los diarios de todo el país publicaron duros editoriales contra la sentencia.
En medio de tanta efervescencia, el 8 de febrero de 1911, el condenado llegó a Buenos Aires desde donde debía ser embarcado rumbo a Tierra del Fuego. Vestido con uniforme de brin claro, y esposado a un soldado condenado a una pena menor, Rodríguez bajó del tren e inmediatamente fue rodeado por gente que deseaba saludarlo. Emocionado también por los gritos de aliento que desde otro tren le hacían marineros conscriptos recién dados de baja, el soldado –de aire campesino y rostro marcado por la viruela– alcanzó a decir al cronista de La Prensa: “Hacía tiempo que me hostilizaba y ese día perdí la cabeza. Ahora sólo me queda confiar en que el Presidente me ayude. Pero tengo esperanzas, pues él también es un soldado”.
Era verdad. El doctor Roque Sáenz Peña lucía el grado de General del Perú con el que fuera honrado por el gobierno de ese país en mérito a su heroica actuación en la defensa del Morro de Arica durante la Guerra del Pacífico. Cuando finalmente el Morro fue asaltado, el 7 de junio de 1880, Sáenz Peña, extenuado y herido, clavó su espada en la tierra esperando la misma muerte que los vencedores daban a los demás vencidos, incluido el general Bolognesi. Muerte que no lo alcanzó gracias a la hidalguía de un oficial chileno.
El arribo del soldado Rodríguez a Buenos Aires estimuló aún más la inquietud popular. Un editorial periodístico decía entre perentorio y amenazante: “No es posible suponer que la condena monstruosa se cumpla íntegramente ni que el soldado salga de nuestra ciudad para hundirse toda la vida en el presidio”.
Por fin la marcha quedó organizada. Partiría desde Plaza Congreso el domingo 12 de febrero a las 15 horas recorriendo luego toda la Avenida de Mayo hasta la Casa Rosada. Allí la columna pediría al Presidente que saliera al balcón para escuchar el pedido de clemencia que un orador le haría desde la Plaza. Posteriormente la marcha se encaminaría a lo largo de la calle Florida hasta desembocar en la Plaza San Martín donde varios oradores, entre ellos una joven de la Asociación de Señoritas, hablarían a la concurrencia.
Sólo faltaba un detalle: el permiso de la policía. Pero contra lo que un lector de estos días podría imaginar, su jefe, el general Dellepiane, no solamente autorizó la manifestación, sino que también ofreció la Banda Policial para que encabezara la marcha con tambores y trompetas.
Sin embargo, esta marcha nunca llegó a realizarse porque dos días antes el presidente Sáenz Peña conmutó la pena disminuyéndola a tres años de reclusión en Campo de Mayo. Se basó en la desproporción existente entre la falta y el castigo, y recomendó a las Fuerzas Armadas la reforma del anticuado y cruel Código Militar existente.
A partir de ahí se pierden los rastros del soldado Rodríguez, involuntario causante de una movilización popular que no llegó a transformarse en la primera marcha argentina por los derechos humanos, por muy poco.
domingo, 11 de marzo de 2012
Chorros, por Carlos Gardel.
También estuvo acompañada por Miguel Jaime, Coordinador General de la ONU y por Pedro Palacios, Jefe de Asesores.
Miguel Jaime expresó: “Me llamó mucho la atención la forma en que se maneja el Municipio y la forma en que está la ciudad, incluso la propaganda política con sus pancartas, sin paredes escritas ni afiches pegados, incluso cuando una línea es oficialista a la provincia y la otra a la nación”.
Su recorrido continuó el domingo 17, con la coordinación del delegado zonal de la UNOJ (Unión Naciones Organizadas para la Juventud), y por expresa responsabilidad de AEXSOSAFE ” Asoc. Civil de Ex-Conscriptos Clases 53/59 de la Prov. de Santa Fe”, sumado a la colaboración de la Fundación Centro , en la capital santafesina.
lunes, 26 de diciembre de 2011
“Un alegato contra la militarización de las sociedades”
DIALOGOS › MARCELO GOYENECHE, DIRECTOR DE UN DOCUMENTAL SOBRE LOS CONSCRIPTOS QUE SIRVIERON A LAS ORDENES DE BUSSI
Algunos conscriptos denuncian cómo torturaba Bussi y las lecciones que les daba sobre tortura. Otros están orgullosos del papel que jugaron en el Operativo Independencia. El “estancamiento” era común como castigo.
–¿SMO (Servicio Militar Obligatorio) El Batallón olvidado es una historia que surgió cuando trabajaba para contar otra cosa?
–Sí, mi primera intención era hacer un documental sobre el Operativo Independencia en Tucumán, que comenzó en 1975 con el pretexto de aniquilar a las formaciones guerrilleras del ERP que operaban en el monte, pero que en realidad fue un amplio dispositivo de represión sobre la población civil y las organizaciones de trabajadores azucareros que desde hacía una década venían movilizándose contra el cierre de los ingenios. El 35 por ciento de las desapariciones que tuvieron lugar en la provincia se produjeron entre enero de 1975 y marzo de 1976. Además, funcionó allí el primer centro clandestino de represión, La Escuelita, en Famaillá. Al iniciar la investigación preliminar, al recabar las primeras informaciones sobre aquellos años en la provincia y las consecuencias del Operativo que comenzó bajo las órdenes de Acdel Vila y que luego siguió Domingo Bussi, me encontré con que en Orán, Salta, existía una asociación de ex conscriptos que había tomado parte del accionar del Ejército contra la guerrilla. Noté que había una historia silenciada, que merecía ser indagada y contada, por eso el nombre del documental, El Batallón Olvidado. Se trataba de jóvenes de 18 años, que siete años antes de la Guerra de Malvinas fueron expuestos a situaciones traumáticas que los marcaron para siempre.–Lo que muestra la película es que muchos de esos ex soldados reivindican el papel que cumplieron durante la colimba en Tucumán. –Sí, es así. Muchos reproducen aún ese discurso de la oficialidad, que rezaba que el Operativo Independencia era un acto de servicio para “salvar a la patria de la agresión marxista”. Encontrarse con esa versión de la historia de aquellos años implicó un desafío para mí, pues significaba una visión contraria a la que tengo como documentalista, una confrontación con mi propia mirada. Entonces, el reto que me impuse pasó por entender por qué subsiste esa mirada en varios de los ex conscriptos.
–¿Y por qué cree que todavía muchos de esos ex soldados avalan la tarea que el Ejército llevó a cabo en Tucumán durante el Operativo Independencia? –Muchos de esos jóvenes provenían de poblaciones rurales de Salta, Jujuy y las provincias cuyanas, y el Servicio Militar Obligatorio constituía para ellos una experiencia de socialización muy fuerte. Está claro que el propósito del Ejército era llevar a Tucumán jóvenes de otros lugares para que no tuvieran que enfrentarse con vecinos, con gente que tal vez conocieran. Incluso así, para muchos de ellos, la colimba era la primera oportunidad que tenían de ver el mundo, de encontrase con otra realidad, y lo hicieron desde una perspectiva castrense, verticalista, que aún pervive en muchos de ellos. Hay que entender que muchos de esos pibes, la primera vez que se subieron a un micro fue para ir al cuartel donde se alistaron. Ese viaje constituyó el primero que muchos de ellos hicieron en sus vidas y es una experiencia que deja huellas muy profundas en la conciencia. Ahí me vi obligado a tomar distancia de mi ideología, de algunos de mis preconceptos para tratar de entender por qué perdura entre esos ex soldados una mirada tan autoritaria.
–Pero también está la mirada de muchos ex soldados que hicieron la colimba en aquel Tucumán, que padecieron maltratos y fueron testigos de abusos y torturas. –Sí, eso es parte del relato y era algo que también buscábamos reflejar. Así como me encontré con gente que decía “estar orgullosa” de haber tomado parte del Operativo Independencia, otros tenían mucha necesidad de hablar, de sacar a relucir hechos que durante años estuvieron muy reprimidos y noté que todavía persiste mucho miedo, dolor, angustia, pese a que habían pasado más de 35 años. Durante mucho tiempo, en el imaginario colectivo se instaló la idea de que los estacamientos eran un castigo que se aplicó a algunos soldados durante la Guerra de Malvinas, pero en el documental mostramos que esta era una práctica muy difundida en el Ejército y muchos soldados la sufrieron en Tucumán, bajo un sol abrasador. Uno de los testimonios que recabé y que más me reconfortó fue el de Domingo Jerez, a quien entrevisté en 2009 y pusimos en contacto con la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, y volvió a declarar en 2010, esta vez ante un tribunal, en el juicio que se le siguió al genocida Antonio Domingo Bussi (gobernador militar de Tucumán entre 1976-1977) por los crímenes cometidos en la Jefatura de Policía de Tucumán. En ese juicio, Jerez brindó información muy importante, contó cómo Bussi molía a garrotazos a los detenidos y las lecciones de tortura que les daba a los soldados. La información que aportó fue de mucha importancia. Espero que ahora la película se difunda, se vea y se comente en muchos espacios y pueda movilizar a que otros ex soldados puedan aportar más testimonios en otras causas, como por ejemplo la de Campo de Mayo. La Secretaría de Derechos Humanos está convocando a quienes hicieron la colimba entre 1975 y 1983 para que puedan aportar datos. Si esta película contribuye con eso, me voy a sentir muy conforme.
–¿Contribuir con la Justicia es el objetivo principal de este documental? –El objetivo era dar testimonio contra el Servicio Militar Obligatorio, denunciarlo como una forma de maltrato y sometimiento. En Argentina operó como una forma de disciplinar a la población civil, y en el caso de muchos de estos ex soldados todavía se percibe como algo positivo, un complemento de la educación inicial y secundaria. Una visión que el documental procura rechazar de plano.
–¿Actualmente, es en el Norte del país donde más arraigada se encuentra esta valoración positiva del Servicio Militar, como lo deja entrever la película? –No sólo en el Norte, en Buenos Aires y en otras grandes ciudades se reproduce esa idea de la colimba como un corrector social, un freno ante las drogas y la inseguridad. Una noción que incluso difunden personalidades vinculadas al mundo del espectáculo y la política. Encerrar a un pibe en un cuartel durante un año no nos otorga una persona mejor. Es lo que genera, por ejemplo, experimentos como el de las policías infantiles, que se llevan a cabo en Salta, Misiones, Chubut y Mendoza. Es un sistema por el cual se somete a pibes de entre 6 y 15 años a prácticas diarias de instrucción militar, lo que significa una constante violación de sus derechos. ¿Para qué se prepara a esos chicos? ¿Para que sean policías? ¿Pero al servicio de quién y con qué propósito? Son los interrogantes que intentan plantearse en la película si proponemos una mirada hacia el futuro y el presente.
–¿Se podría decir que ése es el concepto que se busca transmitir? –Digamos que se trata de un alegato contra la militarización de las sociedades y lo perjudicial que esta idea representa para los intereses de los sectores populares. Por ejemplo, la gente hoy tiene en claro que la colimba no existe más, pero son pocos los jóvenes que saben que se terminó porque hace más de 15 años un soldado, Omar Carrasco, tuvo que morir a golpes en un cuartel a manos de dos compañeros que seguían órdenes de un superior. Y lo que es llamativo es que, cuando se cancela el Servicio Militar, comienzan a crearse las policías infantiles en varias provincias. ¿Cuántas generaciones de jóvenes pasaron por este sistema de formación y qué terminan haciendo después? Cuándo el Servicio militar se instituyó, en 1901, se lo presentó como “un instrumento de moralización pública”. Pero a lo largo del siglo XX quedó demostrado que ese ejército, que pretendía encauzar y formar ciudadanía terminó, siendo una amenaza real para las instituciones del país y los trabajadores.
–Mencionó el caso Carrasco, sin embargo fueron muchísimas las denuncias de abusos y muertes que se verificaron a lo largo de la historia del Servicio Militar. –Es cierto, la colimba siempre estuvo vinculada con el abuso y la tortura. En la década del ’10, se conoció una práctica denominada como el submarino, que consistía en atar de pies y manos a los conscriptos, obligarlos a sumergirse en el río y bucear por debajo de un barco. Fue una práctica que provocó la muerte de 30 soldados en Corrientes. Es más, durante la pasada dictadura se produjo la desaparición de más de 200 soldados de los cuarteles. Eso sin mencionar los bailes y metodologías siniestras, como aplaudir cardos o tormentos que provocaban principios de deshidratación. Los ex soldados con los que hablé me contaron que a veces, como castigo, algunos eran atados en el interior de las carpas debajo del sol, con un tarro de agua en el pecho porque con el calor, la persona siente la sensación de que se ahoga dentro de un horno.
–Esos abusos tuvieron consecuencias psíquicas y físicas que aún hoy los ex soldados siguen padeciendo. –Sí, las secuelas de esos abusos siguen durante muchos años. Esto es algo que se toca en la película. Hay casos de alcoholismo, problemas psicológicos y físicos que todavía hoy afectan a quienes tuvieron que hacer la conscripción en el monte tucumano. Entre 1975 y 1983, los años más álgidos de la represión estatal en Argentina, más de 400.000 jóvenes pasaron por los cuarteles, contando además los que debieron ser movilizados al Atlántico Sur como consecuencia del conflicto con Gran Bretaña. Eso solo nos da la pauta de que, entre nosotros, tenemos toda una generación que padeció abusos sistemáticos en las unidades militares.
–¿Con qué propósito utilizó en El Batallón Olvidado el recurso de la animación? –Como una forma de recrear, de generar proximidad y dramatismo. El documental permite trabajar con mucha libertad, da la posibilidad de combinar distintos elementos y soportes. Reconozco que me inspiré un poco en Waltz with Bashir, un film israelí animado que cuenta las peripecias de un grupo de soldados durante la Guerra del Líbano, en 1982. Me gustó mucho esa película y pensé en un momento en hacer todo en animación pero era muy costoso, por eso me limité a unas escenas.
–¿Y el material fílmico dónde lo consiguió? –Una fuente de buenos recursos fílmicos fue el archivo visual que tiene la Universidad Nacional de Córdoba, donde me proveí de mucho material como filmaciones periodísticas, cinematográficas y noticieros de la época.
–Además de documentalista, también es delegado sindical en Aerolíneas Argentinas. –Lo que me interesa es retratar las luchas, las historias de resistencia y victimización que vivieron los sectores populares en Argentina. Las epopeyas olvidadas, los relatos silenciados. Son composiciones que apuntan a generar conciencia, a fomentar un aprendizaje colectivo que nos permita sacar lo mejor y lo peor de cada experiencia para que ciertos hechos no se repitan. Soy hijo de laburantes, y mi compromiso es con esa clase. Busco retratar a los trabajadores desde sus memorias. Narrar es para mí una manera de intervenir sobre el presente, y el futuro. Si uno es fiel a esos principios, contar se convierte en una acción política. Eso es lo que intento.
–¿Es lo que buscó en sus anteriores trabajos documentales, El día que bombardearon Buenos Aires (2004) y Carne Viva (2007)? –Ambas son realizaciones que cuentan hechos silenciados por la historia oficial, que hablaban de la resistencia a un modelo económico. En El día que bombardearon... busqué contar el bombardeo a Plaza de Mayo de junio de 1955 contra el gobierno de Juan Domingo Perón como un ataque a la clase trabajadora. Un atentado terrorista provocado por un cuerpo estatal como la Marina que le costó más de 400 vidas. Se trataba de dar una lección a las masas que apoyaban ese proceso de transformación que llevaba a cabo el peronismo. Ese es el inicio de un largo período de resistencia, de lucha de mucho heroísmo, que tras muchas marchas y contramarchas desemboca en el 2001. En Carne Viva intenté reflejar la gran gesta que significó la huelga de los trabajadores del frigorífico Lisandro de la Torre, en Mataderos, en 1960. Fue una medida de fuerza comandada por el dirigente Sebastián Borro, que contó con la participación de 9000 obreros de la carne. Y ahí también logré relacionar esa gesta con el presente, con los trabajadores que tras la crisis de 2001 salieron a recuperar fábricas; en esta película tomé el caso del frigorífico Yaguané, en La Matanza. Uno de sus trabajadores era Angel Vivaldelli, que había estado en la huelga del ‘60 y a los 81 años asesoraba a la cooperativa en la sección cortes.
–¿Y cuál es el correlato con el presente que se puede hacer desde El Batallón Olvidado? –Relacionar lo que se cuenta con el discurso de mano dura que se reproduce desde algunos medios de comunicación y sectores políticos de derecha. Aun hoy, desde cierta mirada reaccionaria, el Servicio Militar es una manera de combatir la inseguridad y la delincuencia. Entonces, trato de probar que, en realidad, el Servicio Militar nunca fue eficaz a la hora de generar ciudadanía, sino más bien todo lo contrario. Por eso, a diferencia de las dos anteriores, ésta no es una historia en la que se narren grandes gestas de resistencia y heroísmo, más bien es un relato sobre víctimas que, en muchos casos, se identificaron con sus victimarios.
–En esta línea de marcar una continuidad histórica con cada realización, ¿cuál es su próximo proyecto? –Me gustaría contar la historia del sindicalismo argentino, y en particular las luchas que se desarrollaron durante el menemismo y el modelo neoliberal. Me parece que en este aspecto hay mucha tela por cortar. El proyecto es arrancar con las primeras organizaciones anarquistas y socialistas para llegar al sindicalismo actual, tan contaminado, de las prácticas empresariales.
–En términos económicos, ¿producir estos documentales implica ir siempre a pérdida? –La verdad que sí. Para esta producción conté con respaldo del Incaa y la CTA, a la cual pertenezco. Es muy difícil filmar documentales si uno no cuenta con un buen respaldo. Prácticamente no existe el circuito comercial. Pero bueno, uno no puede pretender hacer un negocio redondo cuando cuenta historias como éstas. La apuesta pasa por otro lado. El propósito es movilizar, concientizar. Me conformo con que dentro de unos meses, la película sea difundida por el canal Encuentro y se difunda en escuelas. La idea es que cuando a las generaciones jóvenes les hablen sobre el Servicio Militar, vean este trabajo y asuman que se trata de un capítulo cerrado en la historia argentina y que no debe volver a repetirse.
sábado, 23 de julio de 2011
Crónicas de una Maestra Rural
Por Delia Boucau
Pampa del Malleo es como una palangana ubicada a 30 km de Junín de los Andes, y la escuela Mamá Margarita estaba situada al sur de ese valle árido. Había sido fundada por el Padre Oscar Barreto, misionero salesiano. Era un Hogar-escuela al que concurrían diariamente alumnos de ambos sexos, pero albergaba solamente a aquellas chicas que, por la distancia y falta de escuela en sus lugares de residencia, no tenían posibilidades de escolarización. La mayoría de los varones iban a la escuela en todos aquellos lugares donde hubiera, así tuvieran que andar leguas, pero las mujeres quedaban en casa.
Cuando llegué a Mamá Margarita, en 1966, el hogar contaba con treinta internas que pasaban allí todo el año escolar, desde el 1º de setiembre hasta el 25 de mayo; exceptuando las vacaciones de Navidad. En ese momento estaba en construcción lo que llamábamos la Escuela Nueva.
Había un baño, instalado con el mínimo de artefactos, pero no funcionaba por falta de agua corriente. ¿Para qué decir corriente? Digamos que casi no había agua. La poca que lográbamos extraer provenía de un ojo cercano, que se agotaba al cabo de unos pocos baldes. Una de las primeras cosas que aprendí fue a racionar los recursos. El agua del primer enjuague de la ropa servía para lavar pisos; el segundo y último, para vidrios o cualquier otra cosa que no requiriera una excesiva pulcritud. Ese baño se desempolvaba de vez en cuando para un uso específico y glorioso: una ducha. En la cocina, contigua al baño, había una bomba de reloj, esas que se bombean de costado y no de arriba para abajo; era la primera vez que veía una. Esto sucedía en setiembre o mayo, cuando había agua suficiente como para que la temperamental bomba cumpliera con su cometido.
La leña se racionaba también. La única forma de obtener abrigo era en el hogar del comedor y en la cocina. Recuerdo un otoño en que tuvimos que buscar raíces en el suelo helado una vez agotada la recolección de palitos y todo lo quemable en cientos de metros a la redonda. Llegamos incluso a quemar la madera de bancos escolares que estaban para reparar.
Todo estaba listo para la inauguración de la escuela, que se realizó el 5 de noviembre de 1967, con la asistencia del entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía y su señora, quienes fueron los padrinos. Fue un espléndido día de sol hasta que se levantó un viento de esos que solían soplar. Era tal la tierra que volaba que nuestras caras se habían convertido en máscaras.
Para cuando nos trasladamos, había cuarenta y cinco internas, además de los externos de ambos sexos que concurrían a clase. Se contaba con tres maestras de grado y con cuatro Hermanas de las Misiones Extranjeras que habían llegado al inicio de ese período escolar. Yo, como personal de servicio, me ocupaba del internado. Mi sueldo era una tercera parte de lo que cobraba en Buenos Aires como docente, pero me sentía feliz con lo que hacía.
Siempre dije que no era supersticiosa, pero en el verano de 1968 tuve una sensación extraña y desagradable que todavía hoy sigo recordando. Estaba sentada en el comedor, a la mesa de las maestras que daba a una ventana por la que se veía la casa de las Hermanas, cuando en un extremo de la cumbrera se posaron cuatro jotes. Uno comenzó a alejarse del resto a los saltitos hasta alcanzar el otro extremo de la cumbrera; luego de un rato, voló. Fue ahí cuando sentí como un golpe en el estómago y me recorrió un escalofrío. Una de las Hermanas era Léonie Duquet. Léonie estuvo sólo un año en Malleo y luego se volvió a Morón. Fue una de las dos monjas francesas secuestradas y desaparecidas en diciembre de 1977.
Había una proveeduría que el Padre Barreto había puesto en funcionamiento para que la gente pudiera comprar vicios, que era como llamaban a los artículos de primera necesidad como yerba, azúcar, sal, jabón, etc. De esta forma no debían hacer tanto camino hasta el boliche y la mercadería era más barata. Una forma también de desalentar a que fueran hasta allá y compraran bebida (1).
Mientras las internas estaban en clase, yo lo atendía. Poco a poco se fue ampliando la variedad de artículos y era un desfile interminable de gente que pasaba diariamente y a cualquier hora. Me encantaba atender, me divertía, conocía a la gente, me enteraba de sus problemas y dificultades. Algo que al principio me resultaba gracioso pero que con el tiempo llegó a sacarme de las casillas era la costumbre de pagar artículo por artículo.
No era cuestión de pedir 5 kilos de azúcar y pagar, sino que se meditaba concienzudamente sobre los que se iba a pedir, pasaban la bolsa, impecable casi siempre, para que la llenara. Ahí comenzaba la otra parte de la ceremonia: darse vuelta para sacar de entre las ropas un pañuelo anudado, girar nuevamente hacia el mostrador, desanudarlo, sacar algún billete mirándome para ver por mi reacción si era de la denominación adecuada, tomarlo, recibir el vuelto, guardarlo en el pañuelo, anudarlo, darse vuelta, esconderlo entre las ropas y girar nuevamente hacia el mostrador. Silencio. Miradas furtivas hacia los estantes. Pedían yerba, pasaban la bolsa y recomenzaba el proceso. Y así, hasta llenar dos grandes bolsas conteniendo bolsitas con azúcar, yerba, sal, fideos, polenta, levadura, fósforos, velas y jabón de ropa y de cara.
Años más tarde, siendo maestra de 6º y 7º grados, decidí enseñarles a hacer la compra con una lista y pagar todo junto. Después de explicaciones varias, trabajos prácticos, boliche instalado en el aula, llegó el gran día y, lista en mano, fuimos hasta el boliche que estaba en el río. De tan seguras y desenvueltas que mis alumnas se habían mostrado en clase, me sentí frustrada cuando todas, todas y cada una de ellas actuaron como sus padres, pidiendo y pagando de a una cosa por vez. Volví furiosa a la escuela mientras ellas iban encantadas con la experiencia. ¡Y todavía me preguntaban qué me pasaba!
Es cierto que lo que practicaban en la escuela era un juego y los errores fácilmente subsanables, pero nunca entendí por qué no eran capaces de trasladar el aprendizaje a la vida real, sino que se quedaban con lo conocido, en lo que se sentían seguras, que era reproducir lo que veían en sus padres. Creo que al hacer las compras de esa forma tenían mayor control del dinero y pensaban que no serían estafados. La platita del boliche de la experiencia en el aula era sólo papeles.
–¿Delia Boucau?
–Sí...
–Tiene que acompañarnos.
–¿Por?
–Algo pasó en Mamá Margarita, en el Regimiento le van a ampliar información.
Mi primer pensamiento fue en un accidente, pero no iría el Ejército con toda la parafernalia desplegada a decírmelo. La dueña del restaurante miraba boquiabierta. No sé qué hizo que yo le gritara “¡avisen al Obispo!” (2) (3).
Me hicieron subir al asiento trasero de un jeep. Al llegar a la guardia se me informó que quedaba detenida y punto. Al entrar en la oficina de al lado, me encuentro con dos maestros y dos maestras de la escuela: Mónica Bonini, Mario Rivadero, Bernardino “Chacho” Díaz y María Elena “la Negra” Herrera, demudados y en silencio. Me identificaron pidiéndome por primera vez el documento y me mandaron a sentar. Nadie nos aclaraba nada ni podíamos hablar entre nosotros. En la más absoluta oscuridad y aún en la ignorancia nos llevaron a las tres mujeres al Casino de Oficiales. Un lindo edificio pero tenebroso en la penumbra. Nos hicieron entrar a un pequeño hall al que daban tres puertas: un dormitorio muy amplio con varias camas tendidas fue lo primero que vimos. Quedamos solas y en silencio.
A la mañana siguiente nos despertamos con un sol radiante sobre unos diez centímetros de nieve que refulgía en todo su esplendor. No nos bañamos por temor a que en cualquier momento entrara alguien y nos sacara enjabonadas para cualquier cosa. Lavamos las bombachas ya que estábamos con lo puesto y las pusimos a secar en las ramas del árbol que llegaba hasta la ventana. Mónica decía, viéndolas mecerse con el viento, que si se volaban, no dudaría en llamar a quien fuera para que nos trajera los calzones. Todavía había humor, aunque después nos quedamos mirándonos en silencio; no sabíamos qué decir, qué pensar.
Apareció un oficial que me llevó abajo y entramos a un inmenso salón con ventanales todo a lo largo. El sol y el resplandor de la nieve me encandilaron y apenas pude adivinar siluetas de hombres, muchos, muchos, uno al lado del otro delante de las ventanas; parecían estatuas y no pude distinguir si de uniforme o de civil. Me condujeron a un grupo de cuatro sillones y me senté en el que quedaba desocupado. Me trajeron un café; estaba azorada, pero no tenía miedo. Todavía hoy no lo entiendo, ¡qué inconsciencia! Pero, viviendo en una burbuja, sin noticias, es explicable que me sentara como en el living de una casa a charlar con amigos.
Y empezó la sesión: el bueno, el malo, el moderador, cada uno con sus preguntas en el tono apropiado a su rol. Yo contestaba: padres, hermanos, parientes, amigos, colegios, trabajos, fechas. Que por qué estaba en Mamá Margarita. Por vocación, dije. Que dónde estaba el 20 de junio de no sé qué año. No sé. Que estaba en Zapala, dijo el malo. No tuve tiempo de preguntarme cómo diablos lo sabía y recordé que, ya en vacaciones, había tomado el colectivo hasta allí y después de ver el desfile pasé horas de aburrimiento caminando, mirando negocios cerrados y tomando café hasta que se hizo la hora de tomar el tren a Buenos Aires. Ese episodio me hizo pensar que ningún ciudadano dejó de ser observado en gobiernos civiles o militares. Pero eso lo pensé después.
A la Negra Herrera la soltaron. Almorzamos Mónica y yo y una camioneta vino a buscarnos. En ella ya estaba sólo Mario Rivadero y, para nuestra sorpresa, el Padre Mateos. Sin cruzar palabra nos llevaron hasta el aeropuerto. El oficial y el chofer fueron hasta la torre de control y nos dejaron a los cuatro sentados en el mismo asiento. Mateos nos dijo, muy preocupado, que la cosa no pintaba bien. El sabía lo que estaba pasando en el país, nosotros vivíamos en la más absoluta inopia. Como dos horas después, de vuelta al regimiento; el avión no llegó y respiramos aliviados.
Al día siguiente a las cinco de la tarde nos suben a un Unimog y, brazo en alto, quedamos esposados a la estructura que sostenía el techo de lona. Un oficial, con cara de circunstancias, cierra de golpe la compuerta: “A partir de este momento están a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Cualquier intento de fuga será reprimido con las armas”.
–Usted –me dijo–, ¿se acuerda de mí?
–No.
–Yo estaba a cargo de los conscriptos cuando el general Onganía apadrinó la escuela.
¡Por Dios! ¡El tipo recordaba mi enojo cuando sus colimbas se habían emborrachado y molestaban a las alumnas! Ahora él estaba al mando del operativo. Los otros me preguntaron, pero no quise hablar.
Delante, un camión con soldados que nos apuntaban. Detrás, otro; por sobre la cabina, tres caras adolescentes asustadas, se asomaban con sus armas. Nos sorprendió ver que nos llevaban por el camino que pasa por Piedra del Aguila y Chocón y dedujimos que nos llevaban a Neuquén. Sobre el río Collón Cura, hay un desvío que entra a Sañicó; un camino por el que no pasaba nadie en esa época, y el Padre Mateos, conocedor de la zona, atinó a decir “acá nos matan”. Sin embargo seguimos por la ruta. Los otros habían logrado bajar la mano haciendo correr y girar la esposa, pero en mi barral había algo que lo impedía. Mi mano estaba congelada, dormida; hormigueaba en forma intolerable. Me paré pero un grito me hizo sentar de golpe; los colimbas nos apuntaban directamente. Conseguí meter la mano entre el fierro y la lona para descansar de a ratos. Ya estaba oscuro y el frío era insoportable; nadie tenía mucho abrigo y nos castañeteaban los dientes. Paramos en Piedra del Aguila y nos hicieron bajar de a uno. Al sacar la mano me quedaron en la palma dos tiras en carne viva porque la piel se había congelado y quedó pegada al metal.
Llegamos a Neuquén, al Comando, a las 6.30 de la mañana. De allí nos mandaron al penal. No me acuerdo por dónde entramos, sólo recuerdo un pasillo con dos rejas al final que se abrían a ambos lados. Mónica iba delante y la escuché gemir cuando entramos a otro pasillo y vio la celda. En esa primera la hicieron entrar. A mí me llevaron al otro extremo. Se escuchaban alaridos y una radio a todo volumen. Después supimos que eran dirigentes del S.U.P.E. de Plaza Huincul. Ya no había hombres en el sector donde nos ubicaron a Mónica y a mí. Las celdas medían 1,90 de largo por más o menos 1,20 de ancho. Dos guardias mujeres que no pasarían de los veintipocos años me empujaron hasta el fondo y, a la orden de “desvístase”, comencé a poner la ropa sobre la cama. Tiraban de mis dientes para ver si eran postizos, metían sus dedos en mis oídos... Ya casi habían terminado cuando apareció la jefa y de un brazo las sacó al pasillo preguntándoles quién les había dado orden de hacer aquello. Furiosa, ni me molesté en escuchar la respuesta mientras me vestía. Una vez que cerraron la puerta, me sacudió el golpe seco del pasador y quedé sola.
La luz en la celda estaba permanentemente encendida, sólo veía luz natural cuando me llevaban al baño, al que decidí ir con mucha frecuencia aunque sólo fuera a lavarme las manos para caminar un poco. En cada incursión tosía para que Mónica me diera una pista, pero nunca escuché nada, ni siquiera que se abriera su celda. Eso me preocupaba mucho. Una mano había abierto el ventanuco y me había entregado los cigarrillos que estaban en la cartera. No tenía ganas de fumar, cosa insólita. Para almorzar, aunque vaya a saber qué hora era, me trajeron puchero. Después de comer encendí un fósforo e hice una marquita en la pared con la parte quemada para ir contando los días; siempre y cuando no alteraran el ritmo de comidas, podría llevar el cálculo. Más tarde se volvió a abrir el ventanuco y una mano me entregó el rosario que también estaba en la cartera y que no había pedido. Supe, por el anillo, que era la jefa. Fue la misma que dos días después, con mucho sigilo, abrió la ventanita y susurró “los sueltan”.
–¿Y Mónica? –le pregunté.
–Está bien, quédese tranquila –cerró de golpe y le dijo a alguien: “la estaba vigilando”.
Al tercer día de nuestra llegada a Neuquén nos reencontramos los cuatro detenidos en una oficina donde un oficial mostraba los libros que habían incautado en la escuela; cada uno tenía que decir a quién pertenecían, dato que se anotaba prolijamente en listas. El Padre Mateos admitió que El ejército azul de la Virgen de Fátima era suyo, y yo, que Las revoluciones del motor pertenecía a la biblioteca de la escuela.
No tuve mejor idea que pedirle al oficial que me hiciera una certificación de que habíamos estado detenidos por la razón que fuera esos cinco días para presentar al Consejo Provincial de Educación y justificar nuestras inasistencias. Cuando me la entregaron no paraba de mirar alternativamente al milico y las hojas. Estas eran del tipo borrador de los blocks Coloso, pero el contenido era lo más fantástico que había visto. Decía: “Certifico que Mario Rivadero, Mónica Bonini y Delia Boucau estuvieron detenidos en averiguación de antecedentes desde el 1º de diciembre hasta el 5 inclusive. Firmado: Ernesto Trotz”. Eran sólo tres renglones sin margen superior ni laterales. Ni lugar ni fecha, ni membrete o sello alguno.
Salimos al gran patio deslumbrados por el sol y escuchamos gritos vivándonos. Caminamos hasta el portal de entrada y las casillas de guardia, donde tuvimos que identificarnos otra vez. Ni bien salimos un tropel se nos acercó para abrazarnos. Alcancé a ver a mi hermano y cuñada. Nos dijeron que don Jaime rezaría una misa en la catedral. Hacia allí fuimos y monseñor, cansado, con ojos brillantes y su gran sonrisa, nos abrazó. Al salir del obispado para ir a la iglesia, la señora Manuela de Vega, jefa de supervisores del Consejo, nos estaba esperando para abrazarnos. Fue a título personal. Para la institución, tal vez hubiera sido mejor que no existiéramos, porque cuando más tarde mandé los certificados se me dijo verbalmente que cómo se me había ocurrido sentar semejante precedente. ¿Qué quisieron decir?
Supe, muchos años después, quién nos había acusado y pedido que investigaran. Por la amistad que me une a sus familiares (que fueron quienes me lo dijeron) no voy a dar su nombre. Además, ya murió.
Fuente: Pagina 12
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| Delia Boucau |
Cuando llegué a Mamá Margarita, en 1966, el hogar contaba con treinta internas que pasaban allí todo el año escolar, desde el 1º de setiembre hasta el 25 de mayo; exceptuando las vacaciones de Navidad. En ese momento estaba en construcción lo que llamábamos la Escuela Nueva.
Había un baño, instalado con el mínimo de artefactos, pero no funcionaba por falta de agua corriente. ¿Para qué decir corriente? Digamos que casi no había agua. La poca que lográbamos extraer provenía de un ojo cercano, que se agotaba al cabo de unos pocos baldes. Una de las primeras cosas que aprendí fue a racionar los recursos. El agua del primer enjuague de la ropa servía para lavar pisos; el segundo y último, para vidrios o cualquier otra cosa que no requiriera una excesiva pulcritud. Ese baño se desempolvaba de vez en cuando para un uso específico y glorioso: una ducha. En la cocina, contigua al baño, había una bomba de reloj, esas que se bombean de costado y no de arriba para abajo; era la primera vez que veía una. Esto sucedía en setiembre o mayo, cuando había agua suficiente como para que la temperamental bomba cumpliera con su cometido.
La leña se racionaba también. La única forma de obtener abrigo era en el hogar del comedor y en la cocina. Recuerdo un otoño en que tuvimos que buscar raíces en el suelo helado una vez agotada la recolección de palitos y todo lo quemable en cientos de metros a la redonda. Llegamos incluso a quemar la madera de bancos escolares que estaban para reparar.
TRASLADO A ESCUELA NUEVA
La Escuela Nueva, tarea que el Padre Barreto emprendió para ampliar y mejorar las condiciones de vida, constaba de cuatro aulas, dirección, dormitorio, sanitarios, dormitorio para maestras con su respectivo baño con ¡bañadera!, comedor, despensa y cocina. Con forma de U, tenía alrededor de su parte interna una galería con ventanales que dejaban pasar mucha luz, pero también mucho frío. Era más fría que la escuela vieja porque era más grande, con cielorrasos altos, ambientes amplios en los que hacía falta mucha gente que despidiera calor para que fuera agradable. Me costó mucho mudarme, prefería la tapera de adobe y techo de cartón con su calidez rodeada por árboles, a la frialdad de un edificio más adecuado e higiénico plantado en un páramo de greda y piedra. Muchas cosas cambiaron, no sólo el edificio. La vida familiar de la escuela de adobe fue desapareciendo de a poco.Todo estaba listo para la inauguración de la escuela, que se realizó el 5 de noviembre de 1967, con la asistencia del entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía y su señora, quienes fueron los padrinos. Fue un espléndido día de sol hasta que se levantó un viento de esos que solían soplar. Era tal la tierra que volaba que nuestras caras se habían convertido en máscaras.
Para cuando nos trasladamos, había cuarenta y cinco internas, además de los externos de ambos sexos que concurrían a clase. Se contaba con tres maestras de grado y con cuatro Hermanas de las Misiones Extranjeras que habían llegado al inicio de ese período escolar. Yo, como personal de servicio, me ocupaba del internado. Mi sueldo era una tercera parte de lo que cobraba en Buenos Aires como docente, pero me sentía feliz con lo que hacía.
Siempre dije que no era supersticiosa, pero en el verano de 1968 tuve una sensación extraña y desagradable que todavía hoy sigo recordando. Estaba sentada en el comedor, a la mesa de las maestras que daba a una ventana por la que se veía la casa de las Hermanas, cuando en un extremo de la cumbrera se posaron cuatro jotes. Uno comenzó a alejarse del resto a los saltitos hasta alcanzar el otro extremo de la cumbrera; luego de un rato, voló. Fue ahí cuando sentí como un golpe en el estómago y me recorrió un escalofrío. Una de las Hermanas era Léonie Duquet. Léonie estuvo sólo un año en Malleo y luego se volvió a Morón. Fue una de las dos monjas francesas secuestradas y desaparecidas en diciembre de 1977.
Había una proveeduría que el Padre Barreto había puesto en funcionamiento para que la gente pudiera comprar vicios, que era como llamaban a los artículos de primera necesidad como yerba, azúcar, sal, jabón, etc. De esta forma no debían hacer tanto camino hasta el boliche y la mercadería era más barata. Una forma también de desalentar a que fueran hasta allá y compraran bebida (1).
Mientras las internas estaban en clase, yo lo atendía. Poco a poco se fue ampliando la variedad de artículos y era un desfile interminable de gente que pasaba diariamente y a cualquier hora. Me encantaba atender, me divertía, conocía a la gente, me enteraba de sus problemas y dificultades. Algo que al principio me resultaba gracioso pero que con el tiempo llegó a sacarme de las casillas era la costumbre de pagar artículo por artículo.
No era cuestión de pedir 5 kilos de azúcar y pagar, sino que se meditaba concienzudamente sobre los que se iba a pedir, pasaban la bolsa, impecable casi siempre, para que la llenara. Ahí comenzaba la otra parte de la ceremonia: darse vuelta para sacar de entre las ropas un pañuelo anudado, girar nuevamente hacia el mostrador, desanudarlo, sacar algún billete mirándome para ver por mi reacción si era de la denominación adecuada, tomarlo, recibir el vuelto, guardarlo en el pañuelo, anudarlo, darse vuelta, esconderlo entre las ropas y girar nuevamente hacia el mostrador. Silencio. Miradas furtivas hacia los estantes. Pedían yerba, pasaban la bolsa y recomenzaba el proceso. Y así, hasta llenar dos grandes bolsas conteniendo bolsitas con azúcar, yerba, sal, fideos, polenta, levadura, fósforos, velas y jabón de ropa y de cara.
Años más tarde, siendo maestra de 6º y 7º grados, decidí enseñarles a hacer la compra con una lista y pagar todo junto. Después de explicaciones varias, trabajos prácticos, boliche instalado en el aula, llegó el gran día y, lista en mano, fuimos hasta el boliche que estaba en el río. De tan seguras y desenvueltas que mis alumnas se habían mostrado en clase, me sentí frustrada cuando todas, todas y cada una de ellas actuaron como sus padres, pidiendo y pagando de a una cosa por vez. Volví furiosa a la escuela mientras ellas iban encantadas con la experiencia. ¡Y todavía me preguntaban qué me pasaba!
Es cierto que lo que practicaban en la escuela era un juego y los errores fácilmente subsanables, pero nunca entendí por qué no eran capaces de trasladar el aprendizaje a la vida real, sino que se quedaban con lo conocido, en lo que se sentían seguras, que era reproducir lo que veían en sus padres. Creo que al hacer las compras de esa forma tenían mayor control del dinero y pensaban que no serían estafados. La platita del boliche de la experiencia en el aula era sólo papeles.
OTRO TRASLADO
1º diciembre de 1975, últimos meses de Isabel Perón, el Brujo de la Triple A y en vigencia el decreto firmado por Luder y Ruckauf de aniquilar la subversión. Yo era entonces directora de Mamá Margarita y había ido al pueblo por dos días a cuidar a la cocinera, que estaba internada en el hospital con quemaduras por un incendio ocurrido en su casa; sus tres hijos habían sido derivados al Instituto del Quemado en Buenos Aires. Estaba leyendo mientras tomaba un café en el único restaurante del pueblo, antes de irme al hotel, cuando unos palos negros se apoyaron sobre el mantel de mi mesa. Leer este renglón es una eternidad comparado con la velocidad con que mi cerebro registró que los palos eran caños de ametralladoras, fusiles o qué sé yo, porque sólo puedo distinguir entre una honda y un arma de fuego. Al levantar la vista vi que estaba rodeada por soldados armados hasta los dientes:–¿Delia Boucau?
–Sí...
–Tiene que acompañarnos.
–¿Por?
–Algo pasó en Mamá Margarita, en el Regimiento le van a ampliar información.
Mi primer pensamiento fue en un accidente, pero no iría el Ejército con toda la parafernalia desplegada a decírmelo. La dueña del restaurante miraba boquiabierta. No sé qué hizo que yo le gritara “¡avisen al Obispo!” (2) (3).
Me hicieron subir al asiento trasero de un jeep. Al llegar a la guardia se me informó que quedaba detenida y punto. Al entrar en la oficina de al lado, me encuentro con dos maestros y dos maestras de la escuela: Mónica Bonini, Mario Rivadero, Bernardino “Chacho” Díaz y María Elena “la Negra” Herrera, demudados y en silencio. Me identificaron pidiéndome por primera vez el documento y me mandaron a sentar. Nadie nos aclaraba nada ni podíamos hablar entre nosotros. En la más absoluta oscuridad y aún en la ignorancia nos llevaron a las tres mujeres al Casino de Oficiales. Un lindo edificio pero tenebroso en la penumbra. Nos hicieron entrar a un pequeño hall al que daban tres puertas: un dormitorio muy amplio con varias camas tendidas fue lo primero que vimos. Quedamos solas y en silencio.
A la mañana siguiente nos despertamos con un sol radiante sobre unos diez centímetros de nieve que refulgía en todo su esplendor. No nos bañamos por temor a que en cualquier momento entrara alguien y nos sacara enjabonadas para cualquier cosa. Lavamos las bombachas ya que estábamos con lo puesto y las pusimos a secar en las ramas del árbol que llegaba hasta la ventana. Mónica decía, viéndolas mecerse con el viento, que si se volaban, no dudaría en llamar a quien fuera para que nos trajera los calzones. Todavía había humor, aunque después nos quedamos mirándonos en silencio; no sabíamos qué decir, qué pensar.
Apareció un oficial que me llevó abajo y entramos a un inmenso salón con ventanales todo a lo largo. El sol y el resplandor de la nieve me encandilaron y apenas pude adivinar siluetas de hombres, muchos, muchos, uno al lado del otro delante de las ventanas; parecían estatuas y no pude distinguir si de uniforme o de civil. Me condujeron a un grupo de cuatro sillones y me senté en el que quedaba desocupado. Me trajeron un café; estaba azorada, pero no tenía miedo. Todavía hoy no lo entiendo, ¡qué inconsciencia! Pero, viviendo en una burbuja, sin noticias, es explicable que me sentara como en el living de una casa a charlar con amigos.
Y empezó la sesión: el bueno, el malo, el moderador, cada uno con sus preguntas en el tono apropiado a su rol. Yo contestaba: padres, hermanos, parientes, amigos, colegios, trabajos, fechas. Que por qué estaba en Mamá Margarita. Por vocación, dije. Que dónde estaba el 20 de junio de no sé qué año. No sé. Que estaba en Zapala, dijo el malo. No tuve tiempo de preguntarme cómo diablos lo sabía y recordé que, ya en vacaciones, había tomado el colectivo hasta allí y después de ver el desfile pasé horas de aburrimiento caminando, mirando negocios cerrados y tomando café hasta que se hizo la hora de tomar el tren a Buenos Aires. Ese episodio me hizo pensar que ningún ciudadano dejó de ser observado en gobiernos civiles o militares. Pero eso lo pensé después.
A la Negra Herrera la soltaron. Almorzamos Mónica y yo y una camioneta vino a buscarnos. En ella ya estaba sólo Mario Rivadero y, para nuestra sorpresa, el Padre Mateos. Sin cruzar palabra nos llevaron hasta el aeropuerto. El oficial y el chofer fueron hasta la torre de control y nos dejaron a los cuatro sentados en el mismo asiento. Mateos nos dijo, muy preocupado, que la cosa no pintaba bien. El sabía lo que estaba pasando en el país, nosotros vivíamos en la más absoluta inopia. Como dos horas después, de vuelta al regimiento; el avión no llegó y respiramos aliviados.
Al día siguiente a las cinco de la tarde nos suben a un Unimog y, brazo en alto, quedamos esposados a la estructura que sostenía el techo de lona. Un oficial, con cara de circunstancias, cierra de golpe la compuerta: “A partir de este momento están a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Cualquier intento de fuga será reprimido con las armas”.
–Usted –me dijo–, ¿se acuerda de mí?
–No.
–Yo estaba a cargo de los conscriptos cuando el general Onganía apadrinó la escuela.
¡Por Dios! ¡El tipo recordaba mi enojo cuando sus colimbas se habían emborrachado y molestaban a las alumnas! Ahora él estaba al mando del operativo. Los otros me preguntaron, pero no quise hablar.
Delante, un camión con soldados que nos apuntaban. Detrás, otro; por sobre la cabina, tres caras adolescentes asustadas, se asomaban con sus armas. Nos sorprendió ver que nos llevaban por el camino que pasa por Piedra del Aguila y Chocón y dedujimos que nos llevaban a Neuquén. Sobre el río Collón Cura, hay un desvío que entra a Sañicó; un camino por el que no pasaba nadie en esa época, y el Padre Mateos, conocedor de la zona, atinó a decir “acá nos matan”. Sin embargo seguimos por la ruta. Los otros habían logrado bajar la mano haciendo correr y girar la esposa, pero en mi barral había algo que lo impedía. Mi mano estaba congelada, dormida; hormigueaba en forma intolerable. Me paré pero un grito me hizo sentar de golpe; los colimbas nos apuntaban directamente. Conseguí meter la mano entre el fierro y la lona para descansar de a ratos. Ya estaba oscuro y el frío era insoportable; nadie tenía mucho abrigo y nos castañeteaban los dientes. Paramos en Piedra del Aguila y nos hicieron bajar de a uno. Al sacar la mano me quedaron en la palma dos tiras en carne viva porque la piel se había congelado y quedó pegada al metal.
Llegamos a Neuquén, al Comando, a las 6.30 de la mañana. De allí nos mandaron al penal. No me acuerdo por dónde entramos, sólo recuerdo un pasillo con dos rejas al final que se abrían a ambos lados. Mónica iba delante y la escuché gemir cuando entramos a otro pasillo y vio la celda. En esa primera la hicieron entrar. A mí me llevaron al otro extremo. Se escuchaban alaridos y una radio a todo volumen. Después supimos que eran dirigentes del S.U.P.E. de Plaza Huincul. Ya no había hombres en el sector donde nos ubicaron a Mónica y a mí. Las celdas medían 1,90 de largo por más o menos 1,20 de ancho. Dos guardias mujeres que no pasarían de los veintipocos años me empujaron hasta el fondo y, a la orden de “desvístase”, comencé a poner la ropa sobre la cama. Tiraban de mis dientes para ver si eran postizos, metían sus dedos en mis oídos... Ya casi habían terminado cuando apareció la jefa y de un brazo las sacó al pasillo preguntándoles quién les había dado orden de hacer aquello. Furiosa, ni me molesté en escuchar la respuesta mientras me vestía. Una vez que cerraron la puerta, me sacudió el golpe seco del pasador y quedé sola.
La luz en la celda estaba permanentemente encendida, sólo veía luz natural cuando me llevaban al baño, al que decidí ir con mucha frecuencia aunque sólo fuera a lavarme las manos para caminar un poco. En cada incursión tosía para que Mónica me diera una pista, pero nunca escuché nada, ni siquiera que se abriera su celda. Eso me preocupaba mucho. Una mano había abierto el ventanuco y me había entregado los cigarrillos que estaban en la cartera. No tenía ganas de fumar, cosa insólita. Para almorzar, aunque vaya a saber qué hora era, me trajeron puchero. Después de comer encendí un fósforo e hice una marquita en la pared con la parte quemada para ir contando los días; siempre y cuando no alteraran el ritmo de comidas, podría llevar el cálculo. Más tarde se volvió a abrir el ventanuco y una mano me entregó el rosario que también estaba en la cartera y que no había pedido. Supe, por el anillo, que era la jefa. Fue la misma que dos días después, con mucho sigilo, abrió la ventanita y susurró “los sueltan”.
–¿Y Mónica? –le pregunté.
–Está bien, quédese tranquila –cerró de golpe y le dijo a alguien: “la estaba vigilando”.
Al tercer día de nuestra llegada a Neuquén nos reencontramos los cuatro detenidos en una oficina donde un oficial mostraba los libros que habían incautado en la escuela; cada uno tenía que decir a quién pertenecían, dato que se anotaba prolijamente en listas. El Padre Mateos admitió que El ejército azul de la Virgen de Fátima era suyo, y yo, que Las revoluciones del motor pertenecía a la biblioteca de la escuela.
No tuve mejor idea que pedirle al oficial que me hiciera una certificación de que habíamos estado detenidos por la razón que fuera esos cinco días para presentar al Consejo Provincial de Educación y justificar nuestras inasistencias. Cuando me la entregaron no paraba de mirar alternativamente al milico y las hojas. Estas eran del tipo borrador de los blocks Coloso, pero el contenido era lo más fantástico que había visto. Decía: “Certifico que Mario Rivadero, Mónica Bonini y Delia Boucau estuvieron detenidos en averiguación de antecedentes desde el 1º de diciembre hasta el 5 inclusive. Firmado: Ernesto Trotz”. Eran sólo tres renglones sin margen superior ni laterales. Ni lugar ni fecha, ni membrete o sello alguno.
Salimos al gran patio deslumbrados por el sol y escuchamos gritos vivándonos. Caminamos hasta el portal de entrada y las casillas de guardia, donde tuvimos que identificarnos otra vez. Ni bien salimos un tropel se nos acercó para abrazarnos. Alcancé a ver a mi hermano y cuñada. Nos dijeron que don Jaime rezaría una misa en la catedral. Hacia allí fuimos y monseñor, cansado, con ojos brillantes y su gran sonrisa, nos abrazó. Al salir del obispado para ir a la iglesia, la señora Manuela de Vega, jefa de supervisores del Consejo, nos estaba esperando para abrazarnos. Fue a título personal. Para la institución, tal vez hubiera sido mejor que no existiéramos, porque cuando más tarde mandé los certificados se me dijo verbalmente que cómo se me había ocurrido sentar semejante precedente. ¿Qué quisieron decir?
Supe, muchos años después, quién nos había acusado y pedido que investigaran. Por la amistad que me une a sus familiares (que fueron quienes me lo dijeron) no voy a dar su nombre. Además, ya murió.
Fuente: Pagina 12
miércoles, 8 de junio de 2011
viernes, 3 de diciembre de 2010
Soldados Muertos en Santa Fe
El Tte.Cnel. Domingo Morales está acusado en una causa en la que se investigan más de cincuenta asesinatos y desapariciones.Entre otras las de los colimbas Edgardo Ferreyra y Daniel Roberto Suárez.
Morales, no es el único, también esta el General Carlos Alberto Settel, el Suboficial Mario Carmelo Ferger, el Teniente Coronel Carlos Enrique Pavón, el ex Juez de Menores de Santa Fe, Luis María Vera Candioti, el Coronel José María González, el Teniente Coronel Diab, los ex Comisarios Juan Calixto Perizzotti y Héctor Romero Colombini, claro esta que estos sujetos solo son la punta del iceberg, cuanto deberemos esperar para que todos ellos vayan a juicio...??
Roberto Daniel Suárez.

Colimba muerto el 1 de agosto del 1977. Cumplía el Servicio Militar Obligatorio en el Batallón de Anfibios de Santo Tomé y fue enviado por personal de esa guarnición con un sobre cerrado, "para a un teniente en la costanera de Santa Fe".
Su hermano dijo ante la Conadep que fue muerto de un tiro en la cabeza y que sus restos fueron trasladados en una barcaza del Ejército, envueltos en una lona verde para ser enterrado en la clandestinidad.
La esposa de Roberto, María Cecilia Mazzetti, dijo en un juicio, que a ella cuando la detuvieron y la mantuvieron en cautiverio la interrogó el capitán del Destacamento de Inteligencia 122, Domingo Morales, que le preguntaba por su pareja, es decir Roberto Daniel Suarez.
Edgardo Ferreyra.

Despareció el 3 de enero de 1977 cuando le dieron de baja del servicio militar. Por encargo del Mayor Carlos Alberto Settel confeccionó un plano en el Centro de Operaciones ubicado en calle Dorrego entre San Lorenzo y Santa Fe de la ciudad de Rosario. El conscripto no sabía nada más de esa tarea encargada. Al día siguiente viajó a Santa Fe para ver a la familia. Como militaba en el ERP fue seguido por personal encubierto y lo mataron en una irrupción armada en su casa familiar
Francisco Domingo Lera.
Oriundo de la Ciudad de Esperanza, Santa Fé Secuestrado/Desaparecido el 13 de Enero de 1977.
Leemos en "El Escuadrón Perdido", de José Luis D'Andrea Mohr.
Nació: 4 de marzo de 1952
Desapareció: 13 de enero de 1977
Unidad: Grupo de Artillería de Defensa Aérea 121
Jefe: Coronel Juan Orlando ROLON
Comandante de Zona: General Leopoldo Fortunato GALTIERI
Comandante de Subzona: General Andrés FERRERO
Jefe de Area: Coronel Juan Orlando ROLON
Jefe del Destacamento de Inteligencia 121: Teniente coronel Edgardo A. J. POZZI
Francisco Domingo LERA fue incorporado como soldado conscripto en el GADA 121, Guadalupe, Santa Fe, en abril de 1976. Todo hace pensar que sus comienzos fueron normales y hasta afortunados, ya que por orden de su jefe pintó un mural alegórico al descubrimiento de América, nombre de la batería de la que el joven formó parte.
Francisco Domingo obtuvo una licencia para pasar las fiestas de fin de año en su casa de Esperanza, Santa Fe, y después regresó al cuartel.
Según las autoridades militares, el 13 de enero de 1977 a las once de la mañana, el soldado fue enviado en comisión y no regresó; fue dado de baja por "primera deserción simple", pese a no haber sido buscado en su domicilio.
Cuando su padre se enteró de la ausencia del hijo por informe de uno de sus compañeros de batería, se presentó en el Grupo de Artillería de Defensa Aérea 121. Allí, un suboficial le sugirió que volviera a las dos semanas, que algo se iba a aclarar y que lo conveniente era "no hacer barullo". Tiempo después, durante la investigación judicial, el suboficial negó lo dicho y los padres del soldado se enteraron de que su hijo había estado varios días detenido en Rosario por "sospechoso ideológico".
Francisco Domingo LERA jamás apareció; su padre murió durante la búsqueda.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Ex Colimbas de Córdoba
Abajo encuentran el link de la entrevista que les realizo Canal 13 de Rio IV Córdoba, a los compañeros ex conscriptos de Rio IV y Vicuña Mackena.
En el mismo exponen Sergio Bondi, Ernesto Diaz y Luis Allende, todos ellos realizaron el Servicio Militar Obligatorio durante la dictadura militar, por aquellos años la vida no valía nada y la de los colimbas menos todavía.
Se aclara que los colimbas NO ingresaban a domicilios, NO torturaron gente, los colimbas eran utilizados para cubrir perimetro, es decir rodear una manzana, cubrir los laterales de una ruta o calle.
El porque del reclamo de las clases 1953, 54, 55, 58 y 59.
http://www.4shared.com/video/HICaSRF1/VTS_01_1_xvid_001.html
Nota: Se sugiere dejar "cargar" el video primero y luego ver.
En el mismo exponen Sergio Bondi, Ernesto Diaz y Luis Allende, todos ellos realizaron el Servicio Militar Obligatorio durante la dictadura militar, por aquellos años la vida no valía nada y la de los colimbas menos todavía.
Se aclara que los colimbas NO ingresaban a domicilios, NO torturaron gente, los colimbas eran utilizados para cubrir perimetro, es decir rodear una manzana, cubrir los laterales de una ruta o calle.
El porque del reclamo de las clases 1953, 54, 55, 58 y 59.
http://www.4shared.com/video/HICaSRF1/VTS_01_1_xvid_001.html
Nota: Se sugiere dejar "cargar" el video primero y luego ver.
domingo, 25 de julio de 2010
El ERP en el monte tucumano y el comienzo de la represión ilegal
Anticipo de un libro sobre la guerrilla rural en tiempos de Isabel y el Operativo Independencia.
Los soldados que participaron en el Operativo Independencia persiguen una ilusión imposible. Si les concediera una pensión como ex combatientes, el Estado estaría reconociendo que en la Argentina de los setenta hubo una guerra .
Resulta una curiosidad de la historia, pero en aquella década fue el ERP el que hizo un enorme esfuerzo por instalar, justamente, esa idea. En las publicaciones y documentos de la organización, la palabra guerra debe ser la que se utiliza más seguido .
En los recortes de diarios que están pegados en las paredes de la vieja casa en Tucumán donde se reunen los ex conscriptos del Operativo Independencia también aparece muy seguido la palabra guerra. Cuando estuve allí me choqué con una carta en la que una mujer, María Argentina Torres Sal, le respondía a alguien que había dicho que nunca existió una guerra en Tucumán. Le contaba en detalle cómo murió su hijo, Juan Ángel Toledo Pimentel - un médico tucumano recién recibido que estaba realizando el servicio militar - cuando conducía una ambulancia del Ejército que fue atacada por el ERP el 16 de mayo de 1976.
La historia me pareció muy rara. En mayo de 1976 la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez estaba reducida a un grupo de hombres y mujeres que deambulaba por los cerros, acosado por el Ejército, sin otro objetivo que sobrevivir .
A comienzos de 1976, Bussi, nuevo jefe del Operativo Independencia, había lanzado la ofensiva final contra el ERP. Los equipos de combate del Ejército internaron sus campamentos en el monte y también en las ciudades se multiplicaban los operativos. Bussi era meticuloso.
Mandó a sus tropas a allanar uno por uno los ciento veintisiete hoteles, pensiones y hospedajes que existían en San Miguel de Tucumán .
¿Era posible que en ese contexto, menos de dos meses después del golpe militar, más de sesenta guerrilleros atacaran una ambulancia del Ejército? Eso me preguntaba cuando el abogado de los ex soldados, Alberto Espinosa, me contó otra historia vinculada con la de aquella ambulancia del Ejército .
Pocos días antes del atentado, en la base militar de Famaillá murió de un balazo de FAL un soldado conscripto, que se llamaba Carlos Alberto Fricker. El Ejército primero les informó a los familiares —según estos denunciaron ante la Justicia- que la muerte se había producido durante un ataque guerrillero. Sin embargo, más tarde —tal vez cuando algún jefe militar cayó en la cuenta de que esa explicación no era verosímil, porque en esos días la guerilla ya estaba casi derrotada - la versión fue modificada y se le dijo a la familia que el joven se había suicidado.
Carlos Alberto Fricker era hijo de Carlos Augusto Fricker, quien era secretario general de la Unión Ferroviaria y -siempre según la denuncia- en esa época había tenido un fuerte conflicto con Bussi .
¿Cuál es el vínculo entre las dos historias? Que el soldado Fricker, cuando agonizaba, fue trasladado a San Miguel de Tucumán justamente en la ambulancia de Toledo Pimentel.
Cuando llegaron al Hospital Padilla, la hermana de Fricker habló con Toledo Pimentel, quien le habría dicho que estaba convencido de que no había sido un suicidio . Una semana después, la ambulancia que conducía Toledo Pimentel voló por los aires al cruzar un puente en Caspinchango.
No es la extraña muerte del soldado Fricker, de todos modos, el único hecho que pone en duda que la ambulancia de Toledo Pimentel haya sido atacada por guerrilleros del ERP. Otro ex soldado conscripto de la época, que se llama Domingo Jerez, declaró ante la Justicia que él pasó por ese puente pocos minutos antes de la explosión y que vio a varias personas trabajando . Supuso que eran de la Dirección de Vialidad y que estaban arreglando el puente. Sin embargo, unos días después, todavía sacudido por el supuesto atentado guerrillero que por unos minutos no le había costado la vida a él mismo, vio a una de los supuestos obreros en la base militar de Caspinchango y supo que en realidad era un oficial de inteligencia del Ejército.
Quedé intrigado por el ministerio del atentado y unos días después visité a María Argentina Torres Sal, la madre de Toledo Pimentel. En esa época estaba cobrando una pensión estatal de 425 pesos mensuales, que había conseguido al cabo de una larga batalla judicial. “Me han negado todo. La ministra (Nilda) Garré, que ha sido guerrillera, no quería largar un peso”, me dijo amargamente.
La mujer me aseguró que en el velorio de su hijo vio llorar a Bussi. “Iba y venía -recordó- y se pegaba con una fusta contra las piernas. Dijo que terminaría con la guerrilla. Yo lo único que pedí fue que a los asesinos les hicieran juicio.
Pero les aplicaron ojo por ojo, diente por diente ”. Efectivamente, después del atentado contra la ambulancia se lanzó una cacería de supuestos subversivos en distintos puntos de Tucumán.
Después de un rato junté valor y le pregunté si conocía la historia del soldado Fricker y la declaración del soldado Jerez. Si alguien, en resumen, le había hecho llegar el comentario de que a su hijo podrían haberlo matado militares, en lugar de guerrilleros. “Después de la muerte de Johny -me detuvo-, todos los días venía gente a contarme cosas. Les pedí que no vinieran más, porque lo único que hacían era avivarme el dolor”.
Fuente: Clarin 25/07/2010
http://www.clarin.com/politica/ERP-tucumano-comienzo-represion-ilegal_0_304769639.html
Los soldados que participaron en el Operativo Independencia persiguen una ilusión imposible. Si les concediera una pensión como ex combatientes, el Estado estaría reconociendo que en la Argentina de los setenta hubo una guerra .
Resulta una curiosidad de la historia, pero en aquella década fue el ERP el que hizo un enorme esfuerzo por instalar, justamente, esa idea. En las publicaciones y documentos de la organización, la palabra guerra debe ser la que se utiliza más seguido .
En los recortes de diarios que están pegados en las paredes de la vieja casa en Tucumán donde se reunen los ex conscriptos del Operativo Independencia también aparece muy seguido la palabra guerra. Cuando estuve allí me choqué con una carta en la que una mujer, María Argentina Torres Sal, le respondía a alguien que había dicho que nunca existió una guerra en Tucumán. Le contaba en detalle cómo murió su hijo, Juan Ángel Toledo Pimentel - un médico tucumano recién recibido que estaba realizando el servicio militar - cuando conducía una ambulancia del Ejército que fue atacada por el ERP el 16 de mayo de 1976.
La historia me pareció muy rara. En mayo de 1976 la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez estaba reducida a un grupo de hombres y mujeres que deambulaba por los cerros, acosado por el Ejército, sin otro objetivo que sobrevivir .
A comienzos de 1976, Bussi, nuevo jefe del Operativo Independencia, había lanzado la ofensiva final contra el ERP. Los equipos de combate del Ejército internaron sus campamentos en el monte y también en las ciudades se multiplicaban los operativos. Bussi era meticuloso.
Mandó a sus tropas a allanar uno por uno los ciento veintisiete hoteles, pensiones y hospedajes que existían en San Miguel de Tucumán .
¿Era posible que en ese contexto, menos de dos meses después del golpe militar, más de sesenta guerrilleros atacaran una ambulancia del Ejército? Eso me preguntaba cuando el abogado de los ex soldados, Alberto Espinosa, me contó otra historia vinculada con la de aquella ambulancia del Ejército .
Pocos días antes del atentado, en la base militar de Famaillá murió de un balazo de FAL un soldado conscripto, que se llamaba Carlos Alberto Fricker. El Ejército primero les informó a los familiares —según estos denunciaron ante la Justicia- que la muerte se había producido durante un ataque guerrillero. Sin embargo, más tarde —tal vez cuando algún jefe militar cayó en la cuenta de que esa explicación no era verosímil, porque en esos días la guerilla ya estaba casi derrotada - la versión fue modificada y se le dijo a la familia que el joven se había suicidado.
Carlos Alberto Fricker era hijo de Carlos Augusto Fricker, quien era secretario general de la Unión Ferroviaria y -siempre según la denuncia- en esa época había tenido un fuerte conflicto con Bussi .
¿Cuál es el vínculo entre las dos historias? Que el soldado Fricker, cuando agonizaba, fue trasladado a San Miguel de Tucumán justamente en la ambulancia de Toledo Pimentel.
Cuando llegaron al Hospital Padilla, la hermana de Fricker habló con Toledo Pimentel, quien le habría dicho que estaba convencido de que no había sido un suicidio . Una semana después, la ambulancia que conducía Toledo Pimentel voló por los aires al cruzar un puente en Caspinchango.
No es la extraña muerte del soldado Fricker, de todos modos, el único hecho que pone en duda que la ambulancia de Toledo Pimentel haya sido atacada por guerrilleros del ERP. Otro ex soldado conscripto de la época, que se llama Domingo Jerez, declaró ante la Justicia que él pasó por ese puente pocos minutos antes de la explosión y que vio a varias personas trabajando . Supuso que eran de la Dirección de Vialidad y que estaban arreglando el puente. Sin embargo, unos días después, todavía sacudido por el supuesto atentado guerrillero que por unos minutos no le había costado la vida a él mismo, vio a una de los supuestos obreros en la base militar de Caspinchango y supo que en realidad era un oficial de inteligencia del Ejército.
Quedé intrigado por el ministerio del atentado y unos días después visité a María Argentina Torres Sal, la madre de Toledo Pimentel. En esa época estaba cobrando una pensión estatal de 425 pesos mensuales, que había conseguido al cabo de una larga batalla judicial. “Me han negado todo. La ministra (Nilda) Garré, que ha sido guerrillera, no quería largar un peso”, me dijo amargamente.
La mujer me aseguró que en el velorio de su hijo vio llorar a Bussi. “Iba y venía -recordó- y se pegaba con una fusta contra las piernas. Dijo que terminaría con la guerrilla. Yo lo único que pedí fue que a los asesinos les hicieran juicio.
Pero les aplicaron ojo por ojo, diente por diente ”. Efectivamente, después del atentado contra la ambulancia se lanzó una cacería de supuestos subversivos en distintos puntos de Tucumán.
Después de un rato junté valor y le pregunté si conocía la historia del soldado Fricker y la declaración del soldado Jerez. Si alguien, en resumen, le había hecho llegar el comentario de que a su hijo podrían haberlo matado militares, en lugar de guerrilleros. “Después de la muerte de Johny -me detuvo-, todos los días venía gente a contarme cosas. Les pedí que no vinieran más, porque lo único que hacían era avivarme el dolor”.
Fuente: Clarin 25/07/2010
http://www.clarin.com/politica/ERP-tucumano-comienzo-represion-ilegal_0_304769639.html
martes, 25 de mayo de 2010
Otro valiente testimonio de un Ex Colimba
A Roberto Oscar Pagni le tocó hacer el servicio militar en abril de 1979. Luego de un periodo de instrucción fue derivado a la Base Aérea local. Junto a otros seis conscriptos formaron el equipo de custodia del comodoro Cuello, titular del regimiento, su jefe directo era Gregorio Rafael Molina.
El escribano y ex funcionario de la administración del intendente Daniel Katz, contó ante el tribunal que Molina era la persona que se encargaba de instruirlos en tiro con diferentes armas y ejercicios para posibles enfrentamientos con “guerrilleros”.
Dijo que el imputado era un hombre muy severo y que llevaba la voz de mando dentro de la Base Aérea. Era quien daba las órdenes. “Era la autoridad le teníamos miedo”, definió Pagni.
La función del colimba, de apenas 18 años, era custodiar la casa y el traslado del comodoro Cuello. Debía revisar el auto cada mañana para asegurase que no haya un explosivo y debía tener siempre su pistola 11.25 con una bala en recamara y martillada por cualquier eventualidad.
Según Pagni, Molina y otro suboficial eran los únicos que ingresaban al “bunker” así llamaban al edificio del viejo radar sonde funcionaba “La Cueva”. Los conscriptos tenían prohibido pasar por allí.
Lo recordó como un hombre de humor cambiante y una sola vez lo vio borracho. Fue en la cena de despedida cuando la promoción de Pagni se iba de baja. Con algunas copas de más, Molina les contó el episodio en el que murió el teniente del Ejército Fernando Cativa Tolosa, durante un presunto enfrentamiento con un grupo Montonero. Por eso hecho culpó a un militar de apellido Cerutti, dijo que había sido “un cagón” que no acompañó a Tolosa.
Por último mencionó que Molina tenía un anillo muy grande y una pulsera de oro o plata. El anillo grande fue mencionado por otros testigos.
Fuente: http://juiciomolina.blogspot.com/
El escribano y ex funcionario de la administración del intendente Daniel Katz, contó ante el tribunal que Molina era la persona que se encargaba de instruirlos en tiro con diferentes armas y ejercicios para posibles enfrentamientos con “guerrilleros”.
Dijo que el imputado era un hombre muy severo y que llevaba la voz de mando dentro de la Base Aérea. Era quien daba las órdenes. “Era la autoridad le teníamos miedo”, definió Pagni.
La función del colimba, de apenas 18 años, era custodiar la casa y el traslado del comodoro Cuello. Debía revisar el auto cada mañana para asegurase que no haya un explosivo y debía tener siempre su pistola 11.25 con una bala en recamara y martillada por cualquier eventualidad.
Según Pagni, Molina y otro suboficial eran los únicos que ingresaban al “bunker” así llamaban al edificio del viejo radar sonde funcionaba “La Cueva”. Los conscriptos tenían prohibido pasar por allí.
Lo recordó como un hombre de humor cambiante y una sola vez lo vio borracho. Fue en la cena de despedida cuando la promoción de Pagni se iba de baja. Con algunas copas de más, Molina les contó el episodio en el que murió el teniente del Ejército Fernando Cativa Tolosa, durante un presunto enfrentamiento con un grupo Montonero. Por eso hecho culpó a un militar de apellido Cerutti, dijo que había sido “un cagón” que no acompañó a Tolosa.
Por último mencionó que Molina tenía un anillo muy grande y una pulsera de oro o plata. El anillo grande fue mencionado por otros testigos.
Fuente: http://juiciomolina.blogspot.com/
sábado, 17 de enero de 2009
Gustavo Capra........
"El" Gus es la otra "pata" del Equipo, se incorporo tiempo después de que Juan Manuel Villavicencio no pudiese seguir concurriendo, con Carlitos Retamar y quien escribe, salimos todos los Jueves al aire por la 1010.
Hoy quiero hacer mención al amigo y compañero Gustavo Capra, sus modos medidos, su sapiencia y personalidad han pasado a ser el balance que, creo, necesitamos en el programa, siento que el da la cuota de equilibrio. Como me dice:"Ricardo,vos decis lo que pensas, yo pienso lo que digo"
En la foto aparece durante la entrevista que le realizáramos a Omar Cozzi, sobreviviente del intento de copamiento al regimiento Viejo Bueno.
A fin de que todos tengan una semblanza de Gustavo Capra voy a transcribir una nota de su autoría que titula:
DE GUERRA FRÍA Y CONSCRIPTOS
Durante décadas, luego de la Segunda Guerra Mundial, el mundo todo vivió bajo la egida de lo que se dio en llamar, la guerra fría, dos bloques de características diferentes que luchaban palmo a palmo y en cada lugar del mundo para imponer su superioridad al otro, Sud América no fue la excepción, a estas costas llego "el enemigo marxista" mas precisamente a las costas de Cuba, esto dio pie para que el "Tío Sam" impulsara al sur de Rió Grande gobiernos títeres y tiránicos, hoy diríamos funcionales, estos "gobiernos" fueron impuestos a sangre y fuego en Latino América. Pero los Pueblos son como el agua, llegan al nivel mas bajo y luego suben, esto se tradujo primero en pequeños grupos insurgentes contra esos gobiernos títeres, luego esto fue creciendo y esos grupos se transformaron en organizaciones armadas, algunas de ellas aun vigentes.
A esta altura de la lectura Ud. se preguntara que tienen que ver los conscriptos con la guerra fría, es que cuando un sector tan grande de la sociedad, como somos los ex conscriptos que realizamos nuestro reclamo, (reconocimiento histórico y resarcimiento), este reclamo tiene que ser situado en su justo contexto histórico, en su tiempo y espacio, si no puede resultar como aislado y/o descontextualizado,
La década de los '70 fue el climax de esa lucha en nuestro país, el 24 de Marzo de 1976 las Fuerzas Armadas toman el poder con la anuencia y en algunos casos la complicidad de amplios sectores civiles, políticos y religiosos, desatándose en esa época nefasta , la mas feroz casería humana de la cual se tenga memoria, por estas tierras, estudiantes,trabajadores, intelectuales, periodistas, artistas, políticos, librespensantes, fueron secuestrados, torturados y desaparecidos, sobre ellos se ha escrito mucho y variado, crónicas, artículos prosísticos, libros, los Organismos de Derechos Humanos se han expresado..............................
Pero de los conscriptos nada, también hubo conscriptos secuestrados, torturados y desaparecidos, también fuimos victimas del terrorismo de Estado, salvo honrosas excepciones no es mucho lo que se ha difundido, tampoco sobre los conscriptos muertos por la ultra izquierda y/o por la ultra derecha........ Desde donde nos situemos hemos sido victimas y con todas las letras.
Nosotros no secuestramos, no torturamos, no matamos, nuestra participacion fue siempre indirecta y secundaria, si estábamos obligados a cumplir ordenes, porque incumplirlas significaba arresto, cárcel, calabozos de campaña, torturas y la amenaza permanente de llevarnos a los Consejos de Guerra, o lo que era mas grave que todo lo anterior, la desaparición forzada como en cientos de casos.
A veces nos preguntamos, no sin dolor, si la sociedad tiene conciencia cierta de lo que tuvimos que atravesar las clases 53-54-55-58-59 las dos ultimas convocadas y movilizadas para una guerra por cuestiones limítrofes con la hermana Nación de Chile, (también gobernada por otra dictadura, tan sangrienta y cruel como la de acá), guerra que gracias a Dios no fue consumada.
Nuestro reclamo esta dirigido al Estado Nacional porque el Estado es la continuidad jurídica de
una Nación, (entiendase bien Estado, no Gobierno), es ese Estado que nos llevo, es ese Estado el responsable, quien debe reconocernos y resarcirnos, no por una cuestión caprichosa o de dádiva, sino por una estricta razón de Justicia.
Gustavo Jorge Capra
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martes, 6 de enero de 2009
De los Hermanos de Chile..........
En este link encontraran una nota de TVN, la televisión de Chile, sobre los "pelados", o sea quienes realizaron el SMO en Chile ...................................................
http://noticias.tvn.cl/index.aspx?p=on&v=cronicaconscriptos141208.wmv
........................Verán que hay muchas similitudes, aunque aquí no se llego a los extremos que allá, nótese que quienes eran responsables por la salud física y mental de los "pelados" es decir el Ejercito que claro esta era y es una Institucion de la República de Chile,NO salvaguardo a los incorporados, al igual que acá fueron menospreciados,vilipendiados y los derechos que le asisten a cualquier ser humano, en cualquier lugar del planeta, no fueron respetados.
Entre otros entrevistados, se encontraran con un querido amigo el Sr. Rene Rivera Bilbao, Presidente de la Asociación Nacional de Ex Conscriptos de Chile, es una persona con muchisima capacidad, en algún encuentro con Rene en Baires, coincidimos en la idea de crear un frente binacional para llevar adelante un reclamo conjunto, transmití esto a los integrantes de ANEXSO (la Asoc.Nac.) ni siquiera fue evaluado. Así vamos...........
Ricardo Righi
http://noticias.tvn.cl/index.aspx?p=on&v=cronicaconscriptos141208.wmv

........................Verán que hay muchas similitudes, aunque aquí no se llego a los extremos que allá, nótese que quienes eran responsables por la salud física y mental de los "pelados" es decir el Ejercito que claro esta era y es una Institucion de la República de Chile,NO salvaguardo a los incorporados, al igual que acá fueron menospreciados,vilipendiados y los derechos que le asisten a cualquier ser humano, en cualquier lugar del planeta, no fueron respetados.
Entre otros entrevistados, se encontraran con un querido amigo el Sr. Rene Rivera Bilbao, Presidente de la Asociación Nacional de Ex Conscriptos de Chile, es una persona con muchisima capacidad, en algún encuentro con Rene en Baires, coincidimos en la idea de crear un frente binacional para llevar adelante un reclamo conjunto, transmití esto a los integrantes de ANEXSO (la Asoc.Nac.) ni siquiera fue evaluado. Así vamos...........
Ricardo Righi
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